El Punto Sobre La i
Nicolas Lizama

El idilio

Nicolás Lizama

Lo que se ve no se juzga, ya lo dijo Juan Gabriel. Hay romance. Hay comunión entre la ciudadanía y su gobernante recién electo.

Hacía mucho tiempo que no se veía esa simbiosis, insólita, sobre todo en San Caralampio, entre el Jefe del ejecutivo y sus gobernados.

El domingo, por ejemplo, en un evento al que se convocó de boca a boca y a través de las redes sociales -brillaron por su ausencia las invitaciones tradicionales-, Carlos Joaquín agradeció el fortín en que se convirtieron los capitalinos en las recién terminadas elecciones.
Llegó gente de todos lados. Cristianos de todos los estratos sociales se juntaron codo a codo y se apapacharon con el político que logró aglutinarlos para formar el frente común que le arrebató la gubernatura a los priístas.

La reunión tiene sus detalles muy particulares.

Aquí, en el evento, por ejemplo, la prensa apesta feo (¡Ouch!). A grado tal que hay media docena de periodistas cuando menos, que si vinieran y la gente los detectara se armaría una rechifla de los mil  demonios.

Aquí lo mejor es pasar desapercibido. Sacar la libretita y escribir frenéticamente provoca que algunos te queden mirando como diciendo “fuchi, no eres bienvenido”. «A ver si ahora sí publican todo lo que realmente ven y escuchan», es el comentario cargado de sarcasmo de un asistente que asume funciones de severísimo juez y se queda viendo a los reporteros con ganas de llevarlos al paredón sin contemplación alguna.

 Y, ni modo. Por unos pagan todos. Los chicos de la prensa, empleados en su mayoría, cumpliendo órdenes -a fin de cuentas no son los dueños de los medios en los que trabajan-, intentan cumplir con su trabajo lo mejor que pueden. Se mueven. Van y vienen a pesar de los murmullos que a sus espaldas fluyen.

La guayabera de Carlos Joaquín ya refleja los estragos de todo el ajertreo. Tiempo le falta para posar con todo el que se lo solicita. Hacía mucho tiempo que la gente no creía suyo a un político del patio y se sienten en todo su derecho de externarlo, de festejarlo, de acercarse y tomarse la selfie para presumirla luego al universo entero (bendito “feisbuk”).

El gobernador electo no le hace el feo a nadie. Con todos posa, con todos intercambia el diálogo, con todos se saluda.

La guayabera ya luce un tanto percudida. Ya luce un tanto maltratada.

Arriba, en el entarimado, la Guzmán hace de las suyas. De curvas voluptuosas, de cuerpo que amerita devorarlo al menos con la vista, no necesita más que mover la cadera para provocar el rugido de la gente.

El respetable ha venido a divertirse. Ha venido a apacharse con su gobernante. Como cualquier romance que principia, todo es color de rosa, todo es sonrisa, todo es cordialidad, todo es un horizonte sin nubarrones que presagien tormenta. Ni quien piense en los avatares, en los desencuentros que indudablemente se presentarán en el camino. Ya habrá tiempo para eso. Este es momento del disfrute. Para qué calentarse la cabeza a destiempo. Lo mejor es disfrutar del instante, del romance, del calor que aquí contagia, ya luego habrá tiempo de rascarse la cabeza.

Cuando hay conexión entre un gobernante y su gente, lo demás es lo de menos.
No importa Alejandra Guzmán, no importa el sitio en donde se desarrolle el evento, no importan las incomodidades, no importa la lluvia, no importa nada más que llegar y desbordar la emoción que la gente lleva adentro.

 Es bueno llegar a una fiesta y sentirte parte de esta. Es bueno llegar a un festejo y sentirse parte del evento. Sin gente que te esté vigilando. Sin gente que te que te quede mirando feo como diciéndote: «compórtate, estás en hogar ajeno, no me incomodes o te propino una patada en el trasero».

Es bueno llegar y sentirte en casa. Sentirte con la libertad de moverte por donde te dé la regalada gana.

 Es bueno poder llegar, acercarte al anfitrión, al festejado, e intercambiar dos palabras con él sin que algún fulano malencarado te salga al paso y te lo impida con modales no tan educados que se diga.

Es bueno que la gente sienta que gobernará junto con el gobernante, a pesar de que el protocolo político diga que la realidad es otra.

Hay romance. Hay que disfrutarlo. Punto.

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