Nico Lizama
Tengo la impresión de que a Donald Trump ni su doña lo soporta.
¿Vieron ese beso ayer durante su toma de posesión?.
Esa imagen que circuló por todo el mundo es un atractivo material para los psicólogos.
Es un verdadero manjar para diseccionarlo hasta dejarle solo los huesitos.
El sombrero de la primera dama, más que un obstáculo, fue un pretexto. Digo yo, que nomás ando de metiche y que en ese tipo de cuestiones, la verdad, mis tres neuronas no me ayudan.
Puedo estar equivocado con mi apreciación (una vez más no quiere decir nada), pero esos personajes, en esos instantes, me parecieron dos témpanos de hielo.
¡Qué frialdad! ¡Dios santo! (es una frase que varias veces le oí decir a una de las doñitas más comunicativas de mi pueblo).
Nunca he salido de mi ranchito y quizá me falte recorrer mundo para culturizarme un tantito ya de perdis. Los viajes ilustran. Lo reconozco. Hago acto de mea culpa.
Me falta codearme con políticos importantes y con cristianos cuyas cuentas bancarias son en dólares y en las Islas Caimán y en Suiza, con esa gente que no necesita muestras de afecto de cualquier mortal con el que se crucen, que cuando requieren de “cariño”, van y lo compran sin que el precio cause algún quebranto a sus finanzas.
La verdad, no me gustaría tratar con gente de ese tipo. Son cristianos que van por esta vida con el cuello alzado mirando al cielo y cuando saludan en vez de sonrisa les sale un rictus de amenaza, una especie de: “¡hola, pobre diablo! ¡ cuánto me envidias, lo estoy viendo!”.
Un sujeto que siente que el mundo le pertenece y puede zurrarle encima a cuanta gallina tenga por debajo. Alguien que puede denigrar a quien se le antoje, nomás por sus pistolas y de acuerdo al humor con el que haya amanecido ese día (me recuerda a otro tipo muy parecido).
Pobre gente que debido a su trabajo tiene un trato continua con esos raros especímenes.
¡Uf! A veces me siento afortunado de ser un pobre diablo que generalmente solo trata con sus perros, sus pavos y gallinas.