Nico Lizama
En San Caralampio, que se recuerde, ningún candidato a equis posición política había pasado por un suplicio como el que ahora se registra.
Hoy, pasadito el mediodía, en la mismita CDMX, por fin se dará a conocer quién será el abanderado del partido en el poder con rumbo a la gubernatura.
Hay cinco almas que anoche no pudieron dormir.
Por supuesto que cada quien sabe qué tan largo y que tan corto tiene el mecate que le permite darle rienda suelta a sus aspiraciones.
Como en toda contienda, hay almas que solo están de relleno.
Ellos saben el alcance de sus posibilidades y en esa medida es su sufrimiento.
Hay quienes ya desde hace varios días hicieron su lista de “premios” por participar. Y hay quienes ya tienen impregnado en la nariz el delicioso aroma de todas las “bendiciones” que una gubernatura implica.
Hay quienes se lo merecen más que otros. Hay quienes de plano, están en ese selecto grupo solo porque Dios es grande.
Y ni modo. La política siempre ha sido así.
Y ni a quien reclamarle. El que se mete se aguanta. Unos se irán a casita y solo uno festejarán brindando con un buen trago de tequila.
La política es así desde el primer día en el que a un cristiano. ¿recuerdan a Trucutú, el cavernícola?, le dio por liderar a un grupo de almas que se peleaban por obtener el mejor trozo de carne del gigantesco mamut que tenía la mala suerte de atravesarse en el camino.
La política, desde entonces, no ha cambiado mucho.



