El Punto Sobre La i
Nicolas Lizama

Una baja lamentable

Por: Nicolás Lizama

Cuando conocí a Samuel Chan, eran días de friega intensa.

Eran tiempos que no admitían horario ni días de descanso.

Había que labrarse un prestigio y cada quien, de acuerdo a sus habilidades, a eso se aferraba.

Comíamos en donde se podía y, como los soldados, siempre andábamos con las botas puestas para salir “disparados” a la primera señal de que en equis sitio estaba la información que podía hacernos ganar un espacio principal en la portada.

Pese a tanto traqueteo, milagro de milagros -de que existen, existen- nos dábamos tiempo para una que otra parrandita.

Fueron varias las ocasiones en que, ni modo, riesgos del reportero, dejamos a medias el convite para ir libretita en ristre tras la nota que se generaba de imprevisto.

Samuel, recuerdo, era uno de los más fletados a la hora de asumir los compromisos.
De ahí que Pimpo Pereyra, el gran jefe de la tribu, le prodigara especial afecto.

En varias ocasiones los demás “soldados” tuvieron que esperarlo hasta altas horas de la noche a que terminara su crónica beisbolera para luego ir y darle gusto a la barriga.

La inteligencia, la tenacidad y la audacia de Samuel, dieron frutos en corto tiempo.

Tan fue así, que de pronto un día, empacó sus chivas y volvió al terruño.

Allí, en ese medio que tanto disfrutaba, continuó una carrera que lo llevó a escribir columnas y laborar como corresponsal de televisa, además de fungir como jefe de prensa de Fernando Serrano, si la memoria no me falla.

El 22 de junio, apenas, recibí una llamada suya.

Platicamos y reímos recordando muchos episodios del pasado.

Nos acordamos de Lucas, de Enrique, de Felipe, de Tony, del “Pozole”.

Me contó lo feliz que era yendo a Noh-Ca.

Me dijo que tenía la ilusión de que un día algunos colegas de Chetumal fuéramos con él a dicho sitio.

Me platicó que aceptaba la pérdida de la vista, que eso no lo deprimía, que tenía esperanza de tras una operación se resolviera su problema.

Al día siguiente, escribió un texto muy amable hacía mi persona.

Esperaré unos días para devolverle la cortesía”, pensé.

No se pudo.

Lo sentí tal vital, tan optimista, que jamás imagine que su existencia se cortara de improviso.

Lo hago ahora y no por simple cortesía post mortem, sino porque considero que el buen Samuel fue un periodista en toda la extensión de la palabra y, como pocos, una persona que sabía aquilatar el valor de la amistad.
Buen viaje, mi querido “Tamuel”.

Sigues vivo, más inmortal que nunca en el recuerdo.

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