Réquiem por los changarros

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abarrotesNicolás Lizama

Ayer cerró la última tienda de abarrotes que existía por mi rumbo. No era la gran cosa, sin embargo generalmente me sacaba del apuro. Hubo un tiempo que allí podías adquirir hasta un par de zapatos provenientes del mismísimo Ticul, Yucatán.

El dueño era simpatiquísimo e interactuaba con su clientela. Cruzando la puerta de entrada soltaba el primer chisme con la intención de que el visitante también le nutriera al respecto.

Era costumbre que enfrente de su mostrador tuviera a cuatro o cinco personas muy atentas a lo que el tipo les decía.

Las doñas lo adoraban. “Ay, sin usted de cuántas cosas dejaríamos de enterarnos!”, le decían las damas, en agradecimiento a ese don de intercambio verbal con el que la madre natura lo había dotado.

“¿Qué te parece? Los judiciales echaron bala en la Secundaria Técnica número Dos. Hasta acá se escucharon los balazos”, fue la último comentario que le escuché antes de que decidiera bajar la cortina para siempre.

Muchas damas resultaron afectadas por tan dramática medida. Como si de una procesión se tratara, cruzan frente a lo que un día fuera un floreciente changarro y musitan con toda la pena del mundo reflejada en el semblante: ¡Ay, es una lástima que don Nabor  haya decidido cerrar su tienda para siempre!

La tiendita operó durante muchos años en el mismo sitio. Cuando ni de relajo se escuchaba hablar de las grandes cadenas comerciales, el tipo fue un punto de referencia para mucha gente. “Mira, llegas a la tienda de don Nabor, avanzas dos calles más y allí se encuentra lo que buscas”, se le decía a la gente que no conocía el rumbo y que indagaba un domicilio equis.

Cuando llegaron los grandes consorcios que acapararon el mercado, don Nabor conoció lo que es pasar apuros. Sus numerosa clientela, fieles durante muchos años, no tuvieron más remedio que acudir a donde podían encontrar un gran surtido y precios accesibles. Desde ese entonces la tienda de abarrotes que tantas satisfacciones diera a su propietario, quedó como un punto de referencia solamente. Era una especie de moribundo recuerdo del pasado que hacía piruetas magistrales  para no caer el en abismo del olvido.

A don Nabor le pudo eso de que su clientela lo abandonara. El, que llenaba la libretita con apuntes de: “fulanito de tal, debe tanto”. El, que cuando al cliente le faltaban dos o tres pesos para completar el pago no tenía ningún reparo en decirles: “no importa, luego me lo pagas”. El, que hubo un tiempo en que se convirtió en el buen samaritano de todos los mendigos del rumbo, llegó de pronto a un punto en el que con toda la pena del mundo tuvo que tomar una resolución de tajo.

La buena providencia –que irónicamente era el nombre de su tienda-, lo había abandonado. “Ya estoy viejo, cansado y sin ilusiones”, le parafraseó alguna vez a una clienta cuando comenzó a despedirse de la gente que ocasionalmente acudía a su tienda. El motivo principal, sin embargo, era que la caja del dinero ya no sonaba con la frecuencia necesaria. Le daba cierta pena reconocer que lo habían abandonado quienes antes abarrotaban su negocio.

Luego de tantos años de trato frecuente con la gente, el último tendero de mi rumbo –qué remedio-, le da de comer al perico, baña al perro y se queda a cuidar la casa –él, no el can-, cuando el resto de su parentela sale de paseo.

Triste final de toda una época, cuando no solo llegabas y adquirías tus insumos, sino compartías chismes con el dueño del changarro.

Colis2005@yahoo.com.mx

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