Pérdida sencible

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solidaridadNicolás Lizama
La solidaridad no es precisamente nuestra mejor acompañante. No es algo que practiquemos muy frecuentemente. No es algo que estemos dispuestos a ejercer a la menor oportunidad que se nos presente.

Ya quedaron en desuso aquellos tiempos cuando nos quitábamos la camisa para dársela al menesteroso.

Bueno, con decirles que en los autobuses todos se hacen al occiso cuando de pronto se presenta la oportunidad de levantarse, presto, y ofrecerle el asiento a la dama que viene colgada de cualquier cosa con tal de no caerse cuando de pronto el chofer, bruto, como suele ser la mayoría, frena intempestivamente para ganarle el pasaje al colega con el que viene compitiendo.

Hubo un tiempo en que era imposible hacerte “pato” cuando de cederle el asiento a alguien se trataba. Había que ser muy desfachatado para soportar las miradas de reproche con las que medio mundo te acuchillaba. No había ningún medio de defensa para esquivar esas punzantes miradas convertidas en reprimendas que volaban hacia ti de todas partes. Por eso, uno ya sabía que apenas detectaras a una dama, a un anciano o a un chamaco bamboleándose mientras el autobús avanzaba, lo mejor era pararte y cederles el asiento de inmediato si es que no querías parecer el villano de la película.

Hoy ya esas cosas no funcionan. Con hacerte al indiferente es suficiente para ir bien sentadito aún cuando a tu alrededor un mundo de individuos se bamboleen y no precisamente al ritmo de alguna melodía.

Todavía recuerdo cuando los reyes de la calle eran los ciegos y las personas de la tercera edad. Aunque parezca increíble para algunos, la gente se peleaba para tomarlos del brazo y ayudarlos a cruzar la calle. Los carros detenían su marcha y esperaban pacientemente a que el buen samaritano cumpliera con lo que le dictaba su conciencia. No había bocinazos de conductores desesperados, sino, al contrario, esperaban con la satisfacción de saber que estaban colaborando para una noble causa.
Los invidentes tampoco podían quejarse. Se les ponía entre algodones y cualquiera se desvivía por apoyarlos en lo que se les ofreciera. La gente se disputaba por apoyarlos con la única intención de la satisfacción del deber cumplido. Era hermoso ser testigo de que las buenas intenciones predominaban por encima de las demás cosas.

Ese tipo de acciones, hasta donde recuerdo, hasta donde la mente me ayuda, no era un hecho insólito –como lo es hoy-, para el resto de la gente que observaba la escena. Casos como aquel se repetían constantemente, eran de rutina, por lo tanto nadie se sentía extrañado cuando era testigo de algo parecido.

Claro, el mundo era otro. Nada comparado con el que hoy compartimos. No se le parece en nada. Muchas cosas han cambiado. Tantas, que los chamacos de hoy, por ejemplo, no saben que hubo un tiempo en que la solidaridad era la mejor carta de presentación con la que contábamos. Que nos la elogiaban allende las fronteras. Que mucha gente venía de otras partes atraída precisamente por ese don de gentes que nos caracterizaba.

Hoy, esas cosas, a la mayoría de la gente les vale un cacahuate. Ya nadie cree que con esas acciones uno puede ganarse la gloria eterna, tal y como pregonaba doña Satul, mi abuela, quien es el mejor ejemplo al respecto ya que a veces me parece verla disfrutando del espacio azul llamado cielo que tengo encima de la cabeza. Y es que, la verdad, es imposible distinguir cuándo es un simple mortal o un ángel a quien estás apoyando sin esperar recompensa alguna.

¿La solidaridad se nos ha ido para siempre? Mmmmh, no lo sé. Espero que en alguna parte, en algún lugar, haya alguien que no tenga empacho en echarse a la espalda a un anciano y cruzar la calle atestada de vehículos, con conductores esquizofrénicos que te gruñen por cualquier detalle.

 

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Posted by - agosto 5, 2016 0
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