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Una muy buena pregunta

fuiste-vida-pasadaNicolás Lizama

¿Quién fui en la otra vida? No lo sé pero es un tema muy interesante.

Eso de la reencarnación me late. Siempre he tenido la impresión de que he tenido otras vidas. Jamás me he creído eso de que te mueres y todo acaba en un festín para miles, que digo, millones de gusanos.

Eso de que luego que te mueres, según cómo te hayas portado en esta vida, el cielo o el infierno es tu destino, como que no termina de permearme.

La gloria y el averno, me dijo alguna vez un tipo al que yo le tengo un gran respeto, están aquí en la tierra. Cada quién crea su propio cielo y su propio infierno. De eso casi no que me queda duda. Y digo casi porque, bueno,  en caso de estar equivocado –de carne y hueso al fin-, tengo que dejar  algún margen para que, como decía el ilustrísimo José Revueltas, llegado el momento final, el Altísimo, magnánimo como dicen que es, diga: “fue lo suficientemente congruente con lo que pensaba, negándome siempre, démosle chance que de disfrute de la gloria en las alturas”.

Lo de la reencarnación me tiene un poco confundido, debo confesarlo. Y es que, a veces, tengo la impresión de que en otras vidas pasé más aventuras de las que estoy pasando en esta. Hay ratos que tengo la impresión de haber sido un músico de alguno de tantos arrabales. De esos que cobran en especie ya que el propietario del tugurio siempre anda con los bolsillos en la más completa de las soledades. De esos fulanos que no tienen más aspiración que un día –bendita suerte-, arribe algún empresario de cierto nivel y diga: “pobre tipo, hace su mejor esfuerzo, merece un sitio más digno en dónde solazarse”.

Me llega ese ramalazo de nostalgia cuando mi amigo Julio César, “El Lobo”, me lleva –casi a rastras-, a uno de uno de esos antritos en donde hay un cantante que por más que se esfuerza, no consigue los aplausos ya que los comensales siempre tienen su atención en otro lado. Un sitio en donde los parroquianos se dejan llevar más por el cadereo de las meseras que por el desesperado intento del cantante por imitar –labor imposible, por supuesto, pese a que hace su mejor esfuerzo-, a José-José o a Raphael.

Me enternece ese intento por demás inútil. Aprecio sin embargo las ganas que le pone. Y es allí en donde yo me identifico. En esos instantes me llega una sensación extraordinaria de que yo alguna vez fui uno de esos tipos que tienen días sublimes con las propinas y cuando no, al menos dos o tres cervezas no les faltan para evitar que se les apachurre totalmente el sentimiento.

Otras veces he tenido la impresión de haber sido alguna vez un perro de la calle. De esos canes que no tienen dueño a quien moverle la cola, pero que sin embargo hacen suya cualquier parte de la ciudad a donde lleguen y se sientan a sus anchas, a grado tal, que le ladran hasta al dueño del zaguán en donde se guarecen cuando la lluvia arrecia.

A mí me llaman mucho la atención los perros de la calle. Me identifico con ellos. Me parece maravilloso eso de no tener que hacer maletas al momento de dejar el sitio en donde has dormido tres noches y ya te urge hallar un nuevo sitio en dónde acurrucarte.

Los vagabundos también se adueñan de mis sentimientos. Adoro a esos extraordinarios personajes que van por la vida sin más aspiración que conocer mundo y un día, si la oportunidad así se los presenta, encontrar a otra igual de “chiflada” que los acompañe durante cierto trecho del camino.

No creo que exista algo más extraordinario que convertir en alcoba cualquier resquicio, cualquier zaguán, cualquier agujero, sin importar la mirada inquisidora del resto de la gente.

He sido varias cosas más. Tengo el presentimiento. Algún día habrá oportunidad de comentarlo.

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