El Punto Sobre La i
Nicolas Lizama

Solo pasa en “San Caralampio”

Nicolás Lizama

A Eugenio se le retentaron todos sus males este fin de semana. Algo que leyó en el periódico le hizo ir corriendo hacia el refrigerador y sacar una botella de agua. La apuró mientras su rostro, descompuesto, cada vez iba poniéndose pálido en extremo, como esos cadáveres que ya llevan varias horas sin recibir el maquillaje correspondiente previo al entierro.

¿Qué lo alteró tanto? Pues nada, se había enterado que una guapa chica, sin ápice de gloria en las espaldas, sin un currículum que la respalde, había obtenido un trabajo institucional nada desdeñable.

“San Caralampio”, la ciudad donde vive Eugenio, es capaz de generar una noticia de ese tipo con una frecuencia inusitada.

Y es que el pobre de Eugenio, un burócrata que ha entregado su vida al trabajo desde hace veintitantos años, tiene dos hijos con su flamante título bajo el brazo y sin embargo no han podido conseguir trabajo.

Al pobre de Eugenio se le retienta la bilis cada que se entera  que un nuevo junior de su ciudad ha obtenido un buen trabajo. Antes era peor el sufrimiento. Ahora como que se ha ido acostumbrando.

En la casa de Eugenio nunca sobra la comida, al contrario, pasan apuros para alimentar al par de canes bravos que hacen las veces de guardianes y que evitan que los ladrones penetren a su casa y se lleven lo poco que ha podido acumular en todos los años que lleva trabajando como multichambista (burócrata, eléctrico y plomero). Las chambas extras le han funcionado, ya que le permite algunos lujos como el de estrenar una muda de ropa cada dos quincenas.

El hombre hizo malabares para que sus dos hijos estudiaran una carrera que luego les permitiera vivir sin sobresaltos. Alguna vez empeñó hasta la televisión con tal de salir avante en los gastos escolares a los que frecuentemente tenía que enfrentarse. Nunca declinó sin embargo. El siempre encontró la forma de emerger victorioso en esas batallas que la vida le puso en el camino.

Cuando su primer hijo estaba a punto de terminar con sus estudios, Eugenio miraba al cielo y decía: ¡Uf, por fin lo he conseguido!

Pobre, no sabía que la mayor de sus decepciones venía rauda a su encuentro. No sabía que encontrarle un trabajo a su hijo sería una misión que rondaría en lo imposible. No sabía que en su desesperación se aporrearía la cabeza en la pared en varias ocasiones. Lo que menos se imaginaba es que ese título en la pared se convertiría en una especie de tortura, ya que cada que lo miraba, sentía una impotencia que le reventaba el pecho en mil pedazos.

Casi llora un día cuando su hijo llegó y a boca de jarro le dijo que trabajaría un tiempo de taxista. El muchacho, al notar el sufrimiento de su padre, le dijo que sería algo temporal, solo mientras encontraba un trabajo acorde a lo que había estudiado.

Cuando egresó de la universidad su otro hijo, el mayor aún seguía encadenado a un volante. Era un ruletero ilustrado que cada que veía que subía un pasaje con fachas de ser algo importante en esta vida, se esmeraba en darle un buen servicio para luego decirle que andaba en busca de un trabajo, que era abogado y que si podía ayudarlo que lo hiciera, que se lo agradecería eternamente.

Hoy, ambos jóvenes siguen en el limbo. Todos los días se levantan suspirando por hallar el trabajo que les permita tener solvencia en sus bolsillos.

Eugenio pone de su parte. Todos los días lee con avidez los avisos económicos del periódico que compra día a día. Para su desgracia, en vez de hallar alguna oferta de empleo ad hoc para la carrera que estudiaron sus hijos -su orgullo en su tiempo ya que siempre sacaron buenas calificaciones-, lo que ve es la noticia de que un nuevo junior ocupa una posición de importancia en el andamiaje laboral del gobierno sancaralampiño.

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