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Personaje incomparable

Personaje incomparable

don nassimNicolás Lizama

Don Nassim fue un personaje extraordinario en toda la extensión de la palabra. Y Puedo apostar que nadie que lo conozca hará siquiera algún intento por refutarme.

Lo conocí ya no recuerdo qué tantos años hace, gracias a Germán García Padilla.

Un grupo de moneros hacíamos algo llamado El Monosapiens y aquella ocasión recalé en Cozumel con media docena de revistas bajo el brazo.

Germán, tan buena onda como siempre, anfitrión atento, esperaba mi llegada. Apenas bajé me agarró del brazo y dijo, “tenemos que cumplir el protocolo, Nico”. Lo miré extrañado. Y el por respuesta, externó: “Conocerás a don Nassim, por estos rumbos no hay mejor bendición que la que él pudiera darte”.

Por supuesto que había oído hablar de dicho personaje. De él se hablaba en todos lados. No se podía platicar de política sin que no saliera a relucir su nombre.

Del muelle hacia el sitio a donde fuimos no era tanta la distancia. Fueron unos cuantos metros apenas para llegar hasta el hombre más conocido de toda la comarca.

Lo distinguí enseguida. Estaba sentado en una mesa y lo acompañaba media docena de personas. Platicaban animadamente. El escuchaba con esa sonrisa tan peculiar, tan característica de su persona.

Germán llegó acompañado del monero y sin prudencia alguno irrumpió la charla. Yo me aterré. Aquellos personajes eran de lo más granado que pudiera haber a miles de kilómetros de circunferencia y el salvaje de Germán, con el desparpajo que lo caracteriza, llegaba casi gritando: “suspendan todo que nos llegó visita”.

Para mi sorpresa aquel grupo suspendió el intercambio de ideas sin mostrar incomodidad alguna.

“Aquí está Colinas”, dijo, como si estuviera presentando a Naranjo, a Rius o a cualquier otra deidad de la caricatura. Sufrí otro acceso de terror de manera inmediata.

Don Nassim sonrió, se levantó de su asiento y me extendió la mano al tiempo que decía: “Hola, Colinas, que bueno que te animaste a venir a Cozumel”.

Fue así que, de pronto, sin decir agua va, me encontré frente al más icónico de todos los personajes habidos y por haber en toda la comarca.

Y ahí estaba ese señorón de todos mis respetos, platicando con el monero, como si fuéramos cuates de hace mucho tiempo.

Me dijo que me sentara y enseguida levantó la mano y le ordenó a uno de sus meseros: “Tráiganle un refresco y un sándwich a Colinas”.

Cuando se fue la demás gente que había en esa mesa, don Nassim me llevó al interior de su negocio y le dijo a su secretaria: “Comunícame con Pedro”. Hecha la conexión, le oí decir: “Pedro, aquí está Colinas…, te lo paso”.

¡Plop!…, ya de pronto estaba platicando con Pedro Joaquín Coldwell, el mismito Secretario de Turismo.

De pronto me cayó el veinte. De pronto me di cuenta de que me encontraba en otro mundo. En un sitio en donde la política era de primer nivel, simple y llanamente. En un lugar en donde una simple llamada telefónica era más que suficiente para cambiar el panorama político de un plumazo.

Poco a poco fui adaptándome al sitio en donde me encontraba. “A donde fueras haz lo que vieras”, había escuchado decir en algún sitio y seguí al pie de la letra el consejo. Miraba a Germán García moverse como pez en el agua y procedí hacer lo mismo. Mejor dicho, intenté hacer lo mismo. No pude. Aquello me rebasaba por completo. De pronto supe lo que es ser respetado por propios y extraños. De pronto supe el poder de ese respetadísimo personaje que hacía de anfitrión excelso.

Jamás olvidé aquel primer detalle. Quedé impresionado, confiésome, de como aquel hombre, tan importante no solo en el Estado sino allende las fronteras, podía tomarse su tiempo para atender al caricaturista que había arribado de improviso.

Y no era que el dibujante fuese una eminencia en su trabajo para merecer esas atenciones, era que aquel hombre tenía por costumbre ser tan sencillo como seguramente usted jamás podría imaginarse.

Descanse en paz.

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