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Los chalanes del candidato

chalan candidatoNicolás Lizama

Mis respetos para la gente que rodea al candidato. Literal: se están jugando la sobrevivencia.

Esta es una contienda electoral atípica por completo.

Dos pesos completos están encima del ring dándose hasta con la cubeta, como nunca antes la historia de San Caralampio había registrado.

Quien resulte ganador deberá incrustar en el andamiaje de la nómina a todos los que anduvieron chorreando sudor por la frente, la espalda e inclusive hasta por donde usted ya se imagina. Bueno, eso es lo que dice la liturgia.

Eso, si es que Pitágoras no era caricaturista, nos indica que los perdedores se irán, literal, derechito a la tiznada.

La vida es ruda en ese sentido. No admite concesiones. No admite: “búscame luego, a ver qué podemos hacer por tu pellejo”.

El perdedor y sus chalanes tendrán que empacar maletas y buscar la mejor forma de sobrevivir durante el próximo sexenio.

Antes era demasiado fácil. Con lambisconearle enjundiosamente y permanentemente al candidato era más que suficiente. Ya si detrás tenías a un padrino medianamente poderoso, fabuloso, un buen puesto y por ende un buen sueldo te esperaba a la vuelta de la esquina.

Hoy todo eso es historia. Hoy las cosas han cambiado radicalmente. Hoy se necesitan muchos… (¡ajá, eso!), para poder caminar y echar porras por delante y por detrás de tu candidato.

Hoy, más vale que le eches ganas. Más vale que no andes nomás de a oquis, haciendo bulto detrás del personaje con el que tienes la amistad que podría ponerte en los cuernos de la Luna durante varios años.

Esta vez, si al candidato se lo carga el payaso, los chalanes igual, enfiladitos, se irán derechito al ostracismo, si no es que a otro lado.

Por eso es que, mis respetos. Ahí están, visibles, al alcance de los espías del adversario. Del rival, que como su contraparte, también hace hasta lo imposible con tal de dejar tendido en la lona a quien le disputa el cinturón de los pesos completos.

En san Caralampio así está el asunto. Los ánimos, como nunca antes, están más calientes que el fogón  de doña Concha, la doñita que vende empanadas en uno de tantos changarros en el que sobreviven los vendedores ambulantes.

Hoy más que nunca los chalanes sacan a relucir todas sus virtudes. Es una obligación quedar afónico al término de la jornada diaria. Aquí no admiten concesiones. Deben terminar tostados, con la piel calcinada, con las palmas de la mano ardiendo de tanta aplaudidera y con el cerebro a punto de estallar (a ver cuántos terminan más tarados de como empezaron la campaña).

Mis respetos para los chalanes del candidato. Hoy ya no se hacen tarugos, bueyes, como en otros años.

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