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La gira y el candidato

La gira y el candidato

candidatos-eleccionesNicolás Lizama

La vida del Candidato es un vértigo por completo. Desde que Dios Dice amanecer, para él el trajín es permanente. Por ratos pareciera que ante tantas cosas por hacer, el caos llega y se posesiona del momento.

No es para tanto. No falta por ahí alguien de su comitiva que tenga cara de medianamente inteligente y solucione el imprevisto.

Ignoro si el Candidato tiene alguna persona que lo viste, lo peina y le da alguna manita de gato cada que lo ocasión así lo exige. Lo cierto es que siempre anda presentable, que no impecable (eso sería ya mucho pedir ante el pandemónium que a veces a su alrededor se arma).

El Candidato siempre soluciona los problemas que la gente le expone. Y cuando su “varita mágica” no alcanza para más, permanentemente tiene cerca a un propio a quien le pasa la bolita. Pelotita que el chalán recepciona ipso facto. Ya sabe cómo hacerle. Ya sabe cuál es la respuesta. Ya sabe que la gente no debe retirarse pensando que el Candidato tiene un lado flaco, o un tendón de Aquiles, como dirían los enterados. La gente debe de irse a casa con el pendón de la esperanza ondeando en la parte más alta de la memoria.

Una de las “herramientas” que el candidato nunca deja en casa, que siempre carga encima, es el de la sonrisa. Ese gesto es permanente. Los fotógrafos “disparan” sin cesar. El Candidato por lo tanto deberá estar siempre muy contento, optimista, con gesto de un ganador nato, fiero, incorregible. Con gesto de un todoterreno. Con actitud de alguien que ya casi es el huésped principal de Palacio de Gobierno.

Entre punto y punto de su gira, el Candidato dormita. De carne y hueso al fin, se echa un “coyotito”. A su alrededor, faltaba más, con la prudencia que el caso amerita, los asistentes están muy pendiente de que no sucedan acciones que lo hagan ver no tan programado solo para momentos de “felicidad” muy intensa.  ¿Ver al candidato soltando una babita mientras dormita? Ni pensarlo. El Candidato no puede darse esos “lujos” tan solo reservado para los mortales comunes y corrientes.

El Candidato no puede andar dejando cabos sueltos. Afuera la hueviza es intensa y no hay que darle armas al enemigo. En el fragor de la batalla todo es utilizable. ¿Una fotito en el “feisbuk” dormitando con la lengua de fuera? ¡Qué horror! ¡Ni pensarlo! ¿Una lagaña en sus ojos? ¡Nooooo! ¡Imposible!

En Candidato tiene que presumir, al menos, de la virtud de la omnipresencia. Tiene que estar en todos lados. No puede descuidarse en ningún momento. Está rodeado de asistentes, de amigos capaces de bolearle los zapatos sin ningún problema y de zalameros (una legión) que no dudarían un instante en tenderse encima de un charco para que el señor Candidato pase sobre ellos. Sabe sin embargo que en cualquier momento puede saltar la liebre y por lo tanto tiene que estar con un ojo al gato y otro al garabato. Sabe muy bien que la confianza mató al gato (cualquier descuido, un videíto, por ejemplo, puede acarrear muy severas consecuencias).

El Candidato sabe que no la tiene segura. Todos los días le repiten que ya es el máximo mandamás en San Caralampio, que es el que vendrá a castigar a todos los impíos, que ya vaya pensando la mejor manera de repartir el pastel que invariablemente –eso dicen sus allegados-, ya tiene entre las manos. Él sabe sin embargo que de la boca a la sopa hay un gran trecho. Es por eso, supongo, que no se tiende tan conchudamente en la hamaca. En las giras no se la prolonga mucho cuando decide retozar en los brazos de Morfeo. Es apenitas para reponer el sueño perdido. Pareciera que de aquí a la llegada de junio no quiere que lo agarren descuidado.

Un detalle muy importante que caracteriza al Candidato, sobre todo en estos días de campaña, es su “buche” de pavo. Tiene que engullir cualquier bocadillo que la gente ponga entre sus manos. Sabe que no puede hacerle el feo a nada. Está muy consciente de que el cristiano que navega en pleno proceso de enamoramiento con la ciudadanía tiene que ingerir lo que le den sin mostrar mueca alguna, así sea tan solo media tortilla embarrada con frijoles. Su espíritu gourmet, de que lo tiene, lo tiene, es necesario darle cristiana sepultura por el momento.

El Candidato no puede darse el lujo de fruncir el ceño. En público, menos. Otros son los que hacen las rabietas. El candidato no puede andar haciendo bilis mientras se granjea el apapacho de la gente. Debe dar la impresión de que su sonrisa es eterna y transparente.

El Candidato de San Caralampio, en pocas palabras, debe dar la impresión de que el traje de superhéroe que trae puesto no es momentáneo ni es de a oquis, sino que lo llevará encima todo durante todo su sexenio.

Claro, si es que llega.

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