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La batalla que se avecina

La batalla que se avecina

batallaPor: Nicolás Lizama

Un relajo de magnitudes fenomenales es el que se ha armado en San Caralampio.  Las cosas no salieron como el librito de las liturgias indica y mucha gente anda metida en un brete de los mil demonios.

En el partidazo no pudieron apaciguar las aguas como es debido y uno de los “generales de cinco estrellas” pepenó sus activos, cargó con sus chivas y, como en la escuela secundaria, les dijo:“nos vemosa la salida”.

Y vaya que será una batalla de pronósticos reservados la que se avizora en el horizonte. Verdadero toma y daca en la que se confundirán las balas con los platos, las granadas con las cubetas o macetas y las bayonetas con los cubiertos. Una batalla de locos en la que no habrá tregua alguna y al grito de sálvese el que pueda, todos tirarán mandobles al mismo tiempo que buscarán un sitio en donde guarecerse de la andanada que se les viene encima.

No será una “guerra” muy convencional que digamos. Aquí no obtendrán medallas de honor los “generales” que guíen a sus tropas como mandan los cánones, como la Comisión de Viena claramente loindica. No, los que así piensen estarán totalmente desfasados. Los que se llenarán de lauros serán los estrategas que consigan contener todo el vendaval de caca que lloverá por todos lados.Los que logren aflorar la cabecita y no terminen ahogado entre tanto lodo que se desparrame, serán los que al final se secarán el sudor de la frente y dirán a voz en cuello: ¡sí se pudo!

El horno no está para bollos. Los ánimos están encendidos por todos lados. Todos los frentes de batalla velan armas. Los otros “generales de cinco estrellas”que se mantienen fieles a la causa, quieren obtener el mayor beneficio posible para su tropa. Aprovechan que el avispero está alborotado para exigir que la repartición sea lo más beneficiosa para el grupo.

El que uno de los “generales” haya desertado para ir por todas las canicas es un arma de doble filo para quienes se quedaron. Si se ponen abusados, en la repartición podrían obtener beneficios que de otra forma ni en sueños hubiesen obtenido. Podrán salir chiflando y gritándole a medio mundo que la lealtad premia, que la fidelidad es una virtud muy practicada cuando suele venir aparejada con premios en especie y no solo con aplausos o afectuosas palmadas en la espalda.

Los “generales” saben que la batalla, generalmente, se gana en las negociaciones. En el interior de los “cuarteles” es en donde se obtienen las mejores posiciones sin derramar una gota de sangre, sin tronar la pólvora en infiernitos. Una buena negociación augura una batalla electoral sin mayores consecuencias, sin tanto estrago entre la tropa, sin necesidad de cargar con toda la artillería al frente de la batalla.

Hete aquí, sin embargo, que la deserción de uno de los “generales” provocará que los mandos medios que cómodamente navegaban de a muertito (eran muchos) tengan que cambiar la manera de manifestar su apoyo. Ahora todos tendrán que agarrar el “fusil” y marchar al frente para ser parte activa en los guamazos. Todos tendrán que ponerse el uniforme de campaña. ¿Hacerse pato? ¡Ni imaginarlo! Quién llegué al final de la guerra (porque eso será, un verdadero sanquintín) con el uniforme inmaculado, seguramente recibirá una patada en el trasero y, desprovisto de todo grado, será enviado a lavar toda todo el lodazal que se habrá desparramado en los sitios en donde la escaramuza registró sus puntos más álgidos.

A como están las cosas, quien no saque la cabeza para fintar al menos que es capaz de inmolarse por su candidato, corre el riesgo de chuparse seis años de triste, cruel, de &%$#” ostracismo.

Así funcionarán las cosas. Esta no será una batalla de estrategias, de drones, de agentes infiltrados, de “comandantes” declarando día con día a los chicos de la prensa cuál es el parte de guerra.

No será una batalla convencional. Esta será una guerraen la que triunfará el que tenga más saliva y por lo tanto trague más pinole. Una lid en la que triunfará el que tenga más maña para moverse –arrastrado, brincando, en cuclillas, como sea- en los recovecos, en los subterráneos, en las trincheras, en donde el olor a pólvora se te mete por la nariz y en donde no hay de otrapara los más fuertes (qué digo…, para los más “vivos”),más que coleccionar las armas y los cascos del adversario caído en la ruda, rudísima batalla que se avizora en el horizonte sancaralampiño.

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