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Nicolas Lizama

El candidato y el tamal

Nicolás Lizama

Osado, audaz, intrépido (díganme si retar a las amibas no lo es), el señor candidato llega al mercado y saluda de mano a todo mortal con el que se encuentra en el camino.

Atraídos por la bulla, son varios los curiosos que se acercan a fisgonear. Una playera, una gorrita, nunca están de más.

Su comitiva, activa, reparte folletos en donde se narra lo tan bueno que es el producto que están ofertando.

Los reporteros anotan. Los fotógrafos accionan sus cámaras infinidad de veces captando el suceso.

Doña Chole, la afortunada con la visita del candidato, vende tamales desde hace muchos años. Su buena mano le ha permitido sobrevivir vendiendo ese tipo de comida. Tiene su muy nutrida clientela.

El candidato se encuentra en su mero mole, faltaba más. Es su momento. Su instante. Su oportunidad de romper esquemas. Hasta para engullir un tamal hay que tener estilo propio, dicen los enterados. Hay que dejar constancia de ello. Disfruta del momento. Sabe que todas las miradas se están centrando en su persona. Hace una señal con la mano y media docena de asistentes se le abalanzan con actitud de: !usted ordene, mi rey, aquí estamos sus vasallos!
Doña Chole no cabe en sus calzones. Cuando ve que el candidato mordisquea el tamal que tiene entre las manos, se siente soñada y no puede evitar emitir dos que tres suspiros. No es cualquier cosa que el Candidato se encuentre en su changarro.

Casi se desmaya cuando el hombre, tras el primer mordisco, suelta un educado y muy bien estudiado: «simple y sencillamente exquisito, la felicito».

Impresiona el candidato. Su poder de mimetismo es sorprendente. Hoy puede chulear los tamales de doña Chole y mañana, sin ningún problema, puede estar degustando platillos gourmet con la crema y nata de los millonetas.

El candidato es omnipresente. Dos que tres tarascadas al tamal de doña Chole -apenas para deleite de los fotógrafos- y ya está apapachando a don Paco, el de las bisuterías.

Su tiempo es oro. Hay demasiado trajín en puerta y por lo tanto es necesario seguir al pie de la letra la agenda de ese día.
La gula es un pecado al que a fuercitas se entrega el candidato. Una garbacha con doña Lupe, dos taquitos con don Anselmo, una empanada con doña Estela, más un cocoyol, a manera de postre, que le gorrea -no vi que lo pague-, a la chica que se aposta en uno de los accesos del mercado.

El candidato tiene corazón de condominio. En el pecho pareciera que tiene varias torres de departamentos. Ahí le caben todos sus afectos y todavía le queda espacio para alojar a toda la bola de gorrones que como bichitos faltos de afecto se acercan para abrazarlo y desearle parabienes.

El candidato es generoso. En el trayecto hacia su siguiente parada, ve al anciano que vende chucherías y se detiene para abrazarlo e «inmortalizarlo» a través de una fotografía. Algo es algo. Eso no le dará de comer pero le otorgará cierta fama -sus cinco minutos de gloria-, al día siguiente cuando en las redes sociales aparezca con el candidato muy sonriente.

El candidato es milagroso. En su comitiva carga gente que en circunstancias normales no te regalan una sonrisa, pero que ahora, milagro de estos tiempos, son capaces de comerte a besos.

El candidato es la madre Teresa de Calcuta. Hay ratos que se acerca gente que con el desenfado de los amolados, de los que nada tienen que perder, de los que siempre reciben patadas en el trasero y por lo tanto ya están acostumbrados, que aprovechando que las campañas son una metáfora de generosidad, sin pudor alguno le solicitan un billete. El candidato escucha, le cierra un ojo cómplice, voltea a ver a un propio, le hace una seña y todo está resuelto.

En síntesis: el candidato cumple tan bien con su papel, que, de veras, me está convenciendo -je, je-, de que es a toda m…

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