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Dios bendiga a los abuelos

abuelitosNicolás Lizama

Ya no quiero ser abuelo. Que mis hijos me perdonen pero estoy aterrado ante la posibilidad de enfrentar  el mismo calvario por el que atraviesa un amigo.

MI hermano –lo quiero mucho, es casi de mi misma sangre-, estaba muy ilusionado ante la posibilidad de llegar a ser abuelo. Es muy querendón y a cualquier chamaco le hace bulla. Siempre pensé que cuando uno de sus hijos tuviera a su primer vástago, el se infartaría de tanta alegría que lo embargaría. No fue así, por fortuna. Y, faltaba más, cuando nació su primer nieto, hizo fiesta y elevó si mirada al cielo para dar gracias por tanta fortuna.

Llegué a sentir envidia de ver lo feliz que era. A todo mundo le contaba que ya era un radiante abuelo. Me mostraba a cada instante la primera foto que le tomó al niño de recién nacido y no dejaba de exclamar lo afortunado que era ante la llegada de su nieto.

Yo lo miraba y decía: “¡Guaaau, si esta es la felicidad, yo quiero sentirla en carne propia!”.

Para redondear su algarabía, a los pocos meses llegó su segundo nieto. Fue un niño simpático y robusto que cuando lanzó su primer berridito todos lloraron por la emoción que los invadía en ese sublime instante.

Era una bendición, hasta ese momento, el que en casa de los abuelos hubieran dos hermosos nietos. Los abuelos se desvivían por atenderlos y poco les importaba si había que levantarse a deshoras de la madrugada para cambiarles el pañal y ponerle el biberón entre los labios. Mi amigo, hasta ese momento, seguía presumiendo y congratulándose de la fortuna que les había caído en casa.

Pasaron algunas semanas y de pronto a mi amigo se le fue la alegría que siempre lo embargaba. Lo notaba un tanto apagado, ya no tan dicharachero como antes. “Algo le sucede”, pensé para mis adentros. Discreto que soy, no me atrevía a preguntarle. “Ya me lo dirá cualquier día de estos”, dije y olvidé el asunto.

Cuando lo noté un tanto abotagado, con los ojos hundidos y con color violáceo abajito de los párpados, no resistí la tentación de cuestionarlo. El, sin embargo, me dijo que todo estaba bien, que no pasaba nada. Me mentía, claro. Sí pasaba algo. Lo veía bostezar constantemente y ya no estaba tan atento a lo que platicaban los demás, como era su costumbre.

“Algo raro está sucediendo”, era el pensamiento que bullía constantemente en mi mente. Y no andaba tan errado. Mi amigo no tardó y confesó el martirio que estaba enfrentando.

“Estoy quedando loco, llego a mi casa y escucho llantos por todos lados”, fue la primera frase que expresó. Por la forma en que lo dijo y por la expresión que pintó en su rostro, supe que, de veras, estaba a un paso de deschavetarse por completo. “No busco para dónde correr; no sé si atiendo a uno o atiendo al otro”, me narró con tal expresión de espanto, que no pude más y solté la carcajada. “No te rías, replicó, es verdad lo que te estoy contando”.

“Mi mujer va por el mismo camino que yo, rumbo a la locura. Cuando escucha el llanto de sus nietos, brinca de la cama y corre en busca de los biberones. Eso ya no es vida. Mis nietos son hermosos, los quiero como no imaginas, pero ya no sé qué hacer para que no quede “chiflado” ante tanto trajín al que me someten”.

Yo quiero reírme pero me aguanto. No quiero molestar a mi amigo con mis actitudes. Sé que está sufriendo. Mis ganas de morirme de risa vienen debido a que ese mismo rostro ya lo había visto antes lleno de optimismo anunciando la llegada de sus nietos.

Cuando me dice que ni idea tengo de cuántos pañales desechables tira a diario a la basura y cuanto paga de energía eléctrica cada bimestre, es cuando me aterro por completo. Es cuando la angustia me penetra por entero y me dan unas ganas inmensas de ya no ser abuelo. Me entra un deseo irrefrenable de convulsionarme cuando me dice que en ocasiones ni ganas tiene de ir a su casa porque ya imagina el coro de chillidos que lo esperan apenas traspase la puerta del que un día fuera su muy acogedora morada.

Por la forma en que lo cuenta, yo, lo juro, estoy a punto del infarto.

“¡Dios santo!”, es la primera expresión que me viene al cerebro. La segunda: “no quiero sufrir como mi amigo, ya no quiero ser abuelo”.

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