Así trabajan mis impuestos

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Nicolás Lizama

Hay gente a la que le encanta estar rodeados de guaruras. Claro, no los pagan ellos, porque de lo contrario no tendrían a tantos siguiéndoles los pasos.

Es evidente y comprensible a la vez, que existan servidores públicos que por la naturaleza de su actividad tengan que estar custodiados en forma permanente. El trabajo que realizan es en extremo peligroso y por lo tanto tienen que cuidarse hasta de su propia sombra, de allí que haya necesidad de asignarles cierta cantidad de elementos policiacos que le cuiden las espaldas.

Tampoco hay necesidad de andar exagerando. Tampoco es prudente que vayan de aquí para allá  con todo un batallón de elementos policiacos siguiéndoles los pasos.

Hay unos que, de plano, no tienen la más mínima pizca de prudencia y la ostentosidad les gana. Piensan que el estar rodeados de guaruras es un síntoma de importancia y por eso hacen alarde de los elementos que siguen sus huellas durante todo el día.

Tener vigilancia las 24 horas, antes, era un lujo que pocos podían darse. Los policías, pocos pero cumplidores, se dedicaban a lo suyo, a inhibir el delito, a prevenir los embates de una delincuencia incipiente que luego, por desgracia, se le saldría de las manos a la autoridades encargadas de la impartición de la justicia.

La moda de andar con guaruras a todas partes llegó para quedarse. Usted se asombraría si viera la lista de personajes que tienen asignada vigilancia policiaca. Personajes que se dan el lujo de agarrar de mandaderos a elementos policiacos que deberían estar en la calle cumpliendo con la función por la cual les pagan, dinero que es descontado de nuestros respectivos impuestos.

Me ha asombrado ver algunos nombres y la cantidad de elementos policiacos que tienen asignados. Hay un personaje, por ejemplo, que, de plano, su actividad es irrelevante en cuestiones que tienen que ver con el combate a la delincuencia y tiene seis elementos a su disposición. ¿Qué hace con tanta gente? No se sabe. A lo mejor le planchan la ropa, le barren la sala o le podan el jardín de su casa, lo cierto es que es una grosería lo que está haciendo al acaparar a tanta gente que bien podría estar cuidando a la ciudadanía, tan indefensa en estos días.

Dicho cristiano, por sentido común, por solidaridad con el resto de los habitantes que cuando salimos a la calle tenemos que andar con el Jesús en la boca, debería solicitar la reducción de sus escoltas en vez de estar pensando en aumentarla.

Hubo un secretario de gobierno, Gabriel se llamaba, rara avis, que andaba solo con su sombra. Le asignaron equis número de guaruras y la prudencia le aconsejó reducirlos ostensiblemente. Y eso es bueno. Es un paso correcto. La gente común no ve con buenos ojos que ciertos personajes, por más importantes que sean, anden con una legión de guaruras, cuando en diversos sitios de la ciudad la presencia policiaca brilla por su ausencia, y todo porque los gendarmes, en vez de estar inhibiendo a la delincuencia, están llevando y trayendo recados, entre otras minucias que les encargan día con día.

Si usted supiera cuántos policías se encuentran asignados como escoltas, se iría de bruces. Son una legión. Son más, muchos más que los que andan en la calle persiguiendo a los malosos.

Colis2005@yahoo.com.mx

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