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Aquellos días

periodismoNicolás Lizama

No sé si me lo crean, pero hubo un tiempo que ser periodista en San Caralampio era un honor de enormes dimensiones. Un privilegio grande, grande. No cualquiera tenía esa enorme distinción.

Era una actividad que se presumía. Era una noble profesión de la que uno se enorgullecía.

Pertenecer al gremio de reporteros no era cualquier cosa. Era un lujo pertenecer a esa tropa que todos los días, lloviese o tronase, salía a la calle en busca de la noticia que te permitiera ocupar un sitio de privilegio en la portada del periódico en el que laborabas.

Qué tiempos aquellos.

La paga, si mal no recuerdo, era lo de menos. Uno, con hambre del enorme titular, del espacio privilegiado, de ganarse la nota principal del periódico que te arropaba, de llegar a ser un importante periodista, pues, ni en cuenta tomabas la desdichada circunstancia de que el sueldo se esfumara llegada la mitad de la quincena.

Eran otros tiempos.

Si la memoria no me falla, otra circunstancia que valía un cacahuate, que importaba un pepino partido por la mitad, era los horarios de entrada y de salida. Daba un gusto enorme pasarte todo el día yendo de la Ceca a la Meca en busca de los datos que hicieran que el jefe de información no tuviera otro remedio más que incluir tu nota en un sitio destacado del rotativo en el que trabajabas.

¡Aaaah, aquellos tiempos!

Eran días maravillosos. Días, incluso, de agradecerle al mal encarado y amargadón jefe de información (su buena chinga se había llevado en el tiempo en que fue parte de la tropa) que te mandara a freír bolas al menor pretexto.

¡Uf, que recuerdos!

Uno se sentía gente importante cuando alguien te quedaba viendo con admiración y respeto apenas escuchaba que eras reportero, un simple y llano reportero. Un esforzado comunicador que se ganaba la vida yendo y viniendo con la férrea intención de domar el pavimento.

Fueron buenos tiempos. No tengo la menor duda.

Otro recuerdo de aquellos fabulosos tiempos que aun alberga la memoria, tan poco colaboradora en estos días, era el celo con el que cuidabas la información que gracias a tu olfato, a tu habilidad, habías obtenido. Ni pensar en compartirla con el colega. Y no porque no fueras solidario con el compañero. No, para nada. Era tuya solamente. Era la exclusiva. La amada, deseada, anhelada, la tan coqueteada nota que al día siguiente no publicaría otro periódico más que el tuyo, el medio en el que laborabas. La información que haría que los lectores soltaran un gesto de admiración tras su lectura. Tus lectores, ese gran tesoro, ese gran patrimonio que tenías. Esos lectores que hoy -¡snif!-, sabrá Dios a dónde se habrán ido, a dónde se habrán escabullido.

¡Aaaah, aquellos días!

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