En política hay personajes que desaparecen físicamente y con ellos desaparece también su estructura. Marciano Dzul Caamal no fue uno de ellos.
A más de tres años de su muerte, el primer presidente municipal de Tulum continúa siendo una referencia inevitable para entender la política del noveno municipio. Su nombre permanece en las comunidades, en antiguos operadores, en grupos políticos y, sobre todo, en la estructura sobre la cual Diego Castañón Trejo construyó buena parte de su ascenso.
Diego gobierna. Tiene presupuesto, exposición pública, estructura institucional y, desde 2024, algo que nadie puede negarle: legitimidad obtenida directamente en las urnas.
Pero Marciano conserva algo que no se obtiene mediante una elección ni se compra con obra pública: peso histórico.
Y ésa continúa siendo la gran sombra sobre el actual presidente municipal.
Marciano no llegó a Tulum: Marciano era parte de Tulum
La diferencia entre ambos comienza desde el origen de sus carreras.
Marciano Dzul estuvo vinculado a la construcción política del municipio desde mucho antes de que Tulum se convirtiera en una de las marcas turísticas más importantes del mundo.
Fue uno de los actores del movimiento que impulsó la creación del municipio y posteriormente se convirtió en su primer presidente municipal constitucional.
Después fue diputado y, años más tarde, regresó para disputar nuevamente la presidencia municipal.
Su poder no nació en una oficina.
Nació en el territorio.
Marciano conocía las comunidades, las familias, los liderazgos ejidales y la estructura social de la Zona Maya. Podía recorrer Chanchén Primero, Cobá, Hondzonot, San Juan de Dios o Francisco Uh May sin necesitar que alguien le explicara quién era quién.
Esa relación con el territorio fue su principal capital político.
Diego Castañón tiene frente a sí una dificultad enorme: las obras pueden construirse en meses; ese tipo de arraigo tarda décadas.
Diego fue parte del gobierno de Marciano
También existe una realidad que a veces queda fuera de la narrativa política actual.
Diego Castañón no llegó al Ayuntamiento después de Marciano.
Ya estaba ahí.
Era su tesorero municipal.
Formaba parte del círculo encargado de administrar las finanzas del gobierno que comenzó en 2021.
Después de la muerte de Dzul, ocurrida el 4 de marzo de 2023, Castañón pasó de administrar los recursos municipales a ocupar la silla presidencial.
Por eso resulta artificial intentar dividir completamente ambas administraciones.
Diego nació políticamente como alcalde dentro del gobierno de Marciano.
Y existe un documento que simboliza perfectamente esa continuidad.
El 28 de febrero de 2023, apenas cuatro días antes de morir, Marciano encabezó la aprobación del Programa Operativo Anual que contemplaba aproximadamente 242.1 millones de pesos para 32 obras y cuatro acciones.
Marciano murió.
Diego asumió.
Y buena parte de esa cartera tuvo que ejecutarse ya con Castañón en la presidencia.
Por ello, cuando se revisan las obras realizadas durante 2023, existe una frontera que políticamente resulta incómoda:
¿dónde termina la obra de Marciano y dónde comienza realmente la obra de Diego?
No todo lo inaugurado por un alcalde necesariamente nació con ese alcalde.
El último programa de Marciano todavía compite con Diego
Los números encontrados en los documentos municipales también derriban una percepción.
Podría suponerse que la administración actual dispone de una capacidad de inversión muy superior a la que tuvo Marciano.
No necesariamente.
El último POA aprobado bajo Dzul contempló alrededor de 242.1 millones de pesos.
El programa de 2024, ya encabezado por Castañón, contempló alrededor de 220.1 millones.
Para 2025 se programaron aproximadamente 203.45 millones.
Son cantidades que requieren todavía compararse contra el gasto efectivamente ejercido, pero dejan una conclusión relevante:
Marciano no gobernaba un Ayuntamiento pequeño en materia de inversión pública.
Y su última cartera de obras, al menos en términos programados, fue incluso superior a las de los dos años siguientes que hemos revisado.
Marciano construyó territorio; Diego construye ciudad
Existe además una diferencia de prioridades.
Al revisar las obras impulsadas durante la administración de Marciano aparecen constantemente nombres de comunidades:
Chanchén.
Hondzonot.
Cobá.
Yaxché.
Chanchén Palmar.
San Juan de Dios.
Macario Gómez.
Francisco Uh May.
Manuel Antonio Ay.
Caminos, electrificación, agua potable, casas de salud e infraestructura básica formaban parte de esa lógica.
No significa que Marciano abandonara la cabecera ni que Diego haya abandonado las comunidades.
Pero sí se perciben dos momentos distintos.
Marciano entendía Tulum desde el territorio.
Diego parece entenderlo cada vez más desde la transformación urbana.
La Veleta, vialidades, banquetas, unidades deportivas, imagen urbana, movilidad, infraestructura de seguridad y recuperación de espacios forman parte de la etapa actual.
Son dos maneras distintas de construir capital político.
El problema para Diego es que el concreto produce fotografías; el territorio produce estructuras electorales.
Diego ya dejó de ser solamente “el suplente”
Sería injusto afirmar que Castañón continúa gobernando únicamente porque heredó el cargo.
Eso dejó de ser cierto en 2024.
Diego fue candidato y ganó una elección.
El voto ciudadano le permitió cruzar una frontera fundamental: dejó de ser simplemente el hombre que ocupó la presidencia municipal después de la muerte de Marciano para convertirse en un alcalde electo por derecho propio.
Pero ganar una elección tampoco significa automáticamente haber sustituido al liderazgo que lo precedió.
Esa es precisamente la prueba pendiente.
Marciano no solamente ganaba elecciones.
Marciano tenía grupo.
Tenía operadores.
Tenía territorio.
Tenía historia.
Y, sobre todo, tenía una identidad política reconocible.
Tres años después de su muerte todavía se habla en Tulum de “marcianistas”.
Esa palabra por sí misma dice mucho.
La pregunta incómoda es: ¿existen ya los “dieguistas”?
El fantasma político de 2027
La respuesta posiblemente llegue en 2027.
Porque una cosa es ganar cuando se ocupa la presidencia municipal, se tiene estructura gubernamental, partido y exposición pública.
Otra muy distinta es construir sucesión.
Ahí se mide realmente el poder de un grupo.
Diego tendrá que demostrar que no solamente pudo conservar el Ayuntamiento que recibió, sino que construyó una estructura política capaz de sobrevivir a su propia administración.
Y para conseguirlo deberá enfrentar una paradoja:
una parte de las personas con las que gobierna, de la estructura territorial que recibió y de la historia política sobre la que camina proviene del hombre cuya sombra necesita superar.
Marciano.
El primer alcalde contra el alcalde de la transformación federal
Diego también gobierna un Tulum completamente diferente.
Durante su periodo aparecieron el Tren Maya, el Aeropuerto Internacional de Tulum, el Parque del Jaguar y una cantidad extraordinaria de inversión federal y estatal.
La ciudad cambió.
Pero sería un error atribuir automáticamente esa transformación al Ayuntamiento.
Una cosa es gobernar durante la transformación de Tulum y otra muy diferente es haber producido esa transformación.
Por eso el balance de Castañón deberá hacerse exclusivamente sobre aquello que estuvo bajo responsabilidad municipal.
Obra propia.
Servicios.
Seguridad.
Recaudación.
Planeación urbana.
Basura.
Movilidad.
Comunidades.
Y resultados.
Sólo entonces podrá saberse cuánto del nuevo Tulum corresponde realmente a su administración.
Marciano sigue ahí
La mayor paradoja política de Diego Castañón puede ser ésta:
Tiene más tiempo gobernando del que Marciano pudo ejercer en su último periodo.
Probablemente terminará acumulando más obra.
Ha tenido mayor exposición.
Ganó su propia elección.
Gobierna durante una etapa histórica de inversiones.
Y aun así, Marciano Dzul continúa apareciendo inevitablemente cuando se habla de quién ha tenido mayor peso político en Tulum.
Eso no necesariamente habla mal de Diego.
Habla de la dimensión que alcanzó Marciano.
El fundador político, el dirigente territorial, el primer alcalde, el hombre de las comunidades y posteriormente el presidente municipal que regresó al poder dejó algo que ninguna administración puede inaugurar con una placa:
una identidad política.
Diego Castañón todavía tiene tiempo para construir la suya.
Pero mientras en Tulum continúen existiendo operadores que se definan por su relación con Marciano, comunidades donde su apellido conserve peso y una estructura política que pueda rastrearse hasta su liderazgo, habrá una realidad difícil de esconder:
Diego ocupa la silla.
Pero Marciano, aun muerto, todavía le hace sombra.





















