Valladolid.- El milagro de curar a una niña que iba a perder un ojo por una extraña enfermedad, mantiene hasta hoy a los vecinos de Santa Ana aferrados a sus tradiciones, y agradecidos a sus patronos Santa Ana y San Joaquín.
Esta anécdota se remonta hasta los años 60s, cuando un padre de familia, desesperado por la situación de su hija, acudió a la capilla de indios con un manojo de ruda en la mano para untárselo a las sagradas imágenes. Según el relato, el papá regresó a la casa, y al untar el mismo gajo de la planta a la niña sucedió lo que parecía imposible.
Desde ese entonces, los devotos de estos santos les agradecen año con año con gremios, procesiones, misas, rosarios y alabanzas, acompañados de la música de charanga y los voladores. El agradecimiento por las bendiciones cierran con broche de oro con el tradicional y sabroso relleno negro, que los organizadores ofrecen a los asistentes.
Orgulloso de las tradiciones, don Lucio Cupul, uno de los socios más activos y promotor de la comida, asegura que continuará luchando para que estas costumbres y tradiciones se preserven.
“Este es mi pueblo, aquí está mi Dios, esta es mi gente de mi lindo barrio de Santa Ana”, dijo.
Varios periodistas que fueron invitados para degustar el relleno, comentaron estar agradecidos con don Ignacio Chan Balam y don Lucio Cupul por el gesto. Dijeron que fue una buena oportunidad para, además de comer rico, convivir con gente noble.





















