La historia nos ha dado muchas lecciones, sobre todo en materia política donde los descalabros se dan a la orden del día y sin decir agua va. Ejemplos sobrarían, pero basta con el resultado que la pasada elección del 5 de junio dejó a Quintana Roo.
Cierto es que ganó la oposición, que alternancia tocó a la puerta de la Entidad, y que el elegido por las mayorías del pueblo en desgracia, da un toque de esperanza para el mentado cambio que hasta hoy no nomás no logra asomar las narices.
Pero las cosas deben de llevar un orden, pues la estrategia de “todos al caballo y de a montón conquistamos Troya”, ya no funciona. Muchos menos cuando se quiere atravesar las murallas a punta de fregadazos; así nomás no.
Y es que por haber servido de aguadores, de reparte playeras, de carga bocinas y hasta banderas bicolores, o por el simple hecho de haber rayado la boleta en el espacio que dio el triunfo al elegido, muchos ya se sienten los nuevos funcionarios de Quintana Roo; ya se ven cuál nuevos “jijos de papá gobierno” mamando de la ubre pública a pesar de contar con perfil de fariseos.
Muy lejanos de lo que aún está por decidirse desde arriba, hay quienes alborotan al gallinero regando su tepache, presumiendo serán los primeros en la lista del que vendrá. Algunos hasta se han comprado títulos para pintarse de profesionistas; y no faltará aquel que ya se ande afiliando con los panistas o los perredistas para decir “de aquí soy”.
Pena ajena da mirarlos amarrando navajas y formando sus grupitos, pues ni bien se ha amarrado la lechona y ya andan vendiendo el chicharrón a medio mundo; así nomás no señoras y señores.
Si bien es cierto que a muchos no gustó el nombramiento de “Los 36 de Transición”, la realidad es que la mayoría cuentan con una profesión ganada a base de largas horas de escuela, o al menos gozan de experiencia en el servicio público. Por eso fueron elegidos, y aunque algunos carguen escuela de pillos, son el mal necesario pues de entrada se pusieron guapos con papá.
Valga la redundancia, la historia nos ha dado muchas lecciones, y Quintana Roo ya no está para improvisaciones. La estrategia de cambio urge de gente preparada, de experiencia, de figuras garantes de resultados, más no así de un cúmulo de ilusos y soberbios personajes que solo buscan el poder por el poder, o más bien el joder en aras del poder; así nomás no.





















