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diciembre 12, 2018
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Othon P. Blanco

El “Hanal Pixan” y el Altar de Día de Muertos; su porqué y su significado

altaresPor Mario Castillo Rodríguez

“Soy nacido en Solaguna, Campeche, pero toda mi vida he radicado en el estado de Quintana Roo. Mi estancia por 30 años en la zona maya de Felipe Carrillo Puerto, me obligan moralmente a retribuir lo que esa tierra me dio, razón por la cual orgullosamente soy portavoz de las tradiciones culturales que aún se manifiestan en ese pedazo de patria; doy gracias a la vida por ser el eco de mis hermanos mayas”.

Lucas Juan Arroyo Arjona

Chetumal.-Hablar de las tradiciones es algo maravilloso, es como renacer y volver a vivir el legado de nuestros ancestros mayas, sin embargo es grato ver cómo a pesar del paso del tiempo muchas de ellas aún se conservan y un claro ejemplo es el “Hanal Pixan” y los altares de Día de muertos, destacó el promotor cultural Lucas Juan Arroyo Arjona.

El “Hanal Pixan” o comida de muertos, se hace para recibir a los fieles difuntos durante su visita a casa los días 1º y 2 de noviembre, y se acostumbra cocinar y ofrendar lo que al familiar le gustaba en vida, generalmente comida regional como el relleno negro, pollo en escabeche, puchero, frijol con puerco o cabax, pozol, dulces de calabaza, yuca, u otros, aunque la mayoría hace los conocidos pibipollos y mucbipollos.

Esto va sin duda de la mano con los altares, pues es en ellos donde se ofrenda el “Hanal Pixan” –dijo Lucas Arroyo- y existen dos tipos según el rango social y la posibilidad económica de las familias, aunque eso no significa que distan de importancia uno del otro.

El altar del maya pobre o macegual, se construye a base de cuatro horquetas amaradas entre sí con palos también de monte, de manera que se forma un rectángulo que se complementaba con un tapesco de bajareque, que en su conjunto se cubre con hojas de plátano o palma de chit, para revestir con paños blancos o bordados a mano por las señoras de la casa.

Arroyo Arjona, destacó que la ofrenda principal era la comida que se ponía en jícaras –impares por cierto porque los números pares bloquean la llegada de las ánimas-; las fotos, flores de la región, las herramientas de trabajo (si era varón) o agujas de bordar y estambres (si era dama), y velas hechas artesanalmente –también impares-, acompañaban a la cruz hecha de madera de monte y vestida con un hipil pues los mayas creían que ésta (la cruz), era mujer.

La sal no podía faltar en el altar puesto que representa el fuego que da calor al camino de ida y vuelta de los difuntos, señaló el Promotor cultural, quien abundó que si en la familia había niños muertos los dulces, ropas, sandalias y hasta juguetes eran puestos para que el muertito jugara y se sintiera contento de estar de visita en casa.

“El otro altar, el de tres escalones (también hecho a base de madera de monte) que se daban el lujo de hacer las familias de mayor posición y que se conserva hasta nuestros días al igual que el anterior, dedicaba el primero de sus niveles –de abajo hacia arriba- a los adultos, con las mismas características como velas y jícaras de ofrenda impares, fotos, herramientas, sal, etc., con la diferencia de que los manteles para los adultos eran bordados con hilos morados o cafés, al igual que las velas de color negro o café”, agregó Lucas Juan.

El segundo escalón –explicó- era dedicado a los niños, y su manto se adornaba con hilos de colores como el amarillo, el rosa, el azul y el tradicional rojo; que se acostumbra poner en las muñecas de los recién nacidos para evitar el “ojo”.

Aquí también se acompaña de fotografías, dulces, juguetes, ropa y demás pertenencias, pero se iluminaba con velas multicolores y muchas flores para destacar la característica alegría infantil.

El entrevistado, apuntó que el último y tercer nivel también lleva velas, solo que todas ellas blancas al igual que el bordado del mantel que significaban la pureza y divinidad, ya que en este espacio se concentraba la cruz vestida de hipil, y los santos a los que la familia rinde devoción, incluso como se acostumbra en la actualidad, y nada más.

“La singularidad en ambos altares, es que las flores deben ir en recipientes de barro, plásticos u otro material que no sea cristal, ya que las santas ánimas se reflejan en estos y se ahuyentan para nunca más volver”, acentuó el especialista en este tipo de tradiciones y costumbres.

Por último, Lucas Juan Arroyo Arjona dijo que lo más importante para que el “Hanal Pixan” y el Altar tengan sentido son los rezos y novenarios, puesto que si se pone la comida y todo lo demás así porque sí, se cree que “es una ofensa a los fieles difuntos que descargarán su ira e indignación asustando a los familiares hasta el siguiente año que reparen su falta”, puntualizó.

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