Nicolás Lizama
Mario es un filón de oro en manos de cualquier periodista.
Da la nota en todo lo que dice. Solo es cuestión de provocarlo.
Mario disfruta cuando lo están entrevistando. Se siente a sus anchas cuando se encuentra frente a un hombre de la pluma.
Está en su mero mole cuando se trata de externar todo lo que siente.
La pelota está en su cancha y juega a placer con ella cuando enfrente tiene a un reportero que está tomando nota de todo lo que dice.
Mario no tamiza lo que sale de su interior. Va tal cual. No mide consecuencias. Prefiere ir zurciendo luego lo que descosieron sus audaces declaraciones.
El reportero, viejo lobo de mar, sabe que se encuentra ante la nota que multiplicará su audiencia durante toda la semana. Sabe que, tan solo estar ahí, entrevistándolo en el interior de un penal, ya es una primicia que por supuesto le envidian muchos osados guerreros de la pluma.
El periodista sabe que enfrente tiene a una especie de kamikaze que está dispuesto a soltar la sopa ante cualquier provocación, por mínima que sea.
Mario, a su vez, sabe que no está frente a un reportero del montón. Sabe que su interlocutor cuenta con audiencia. Sabe que lo que diga tendrá inmediata transcendencia.
Mario, marinero de los siete mares, sabe que el personaje que tiene enfrente cuenta con un pedigrí de excelencia en el concierto periodístico.
Genio y figura hasta la sepultura, sabe que es ahora o nunca. Sabe que está en el mejor momento para soltar sus dardos, terriblemente envenenados, que impactarán en zona vulnerable.
Mario sabe que, al menos en su tierra, en donde cuenta con fans por todos lados, tiene a mucha gente pegada al televisor, escuchando, digiriendo lo que sale de su pecho ronco, que de vez en cuando auxilia echando leves tosidos en la bufanda que lleva enrollada en el cuello.
Por eso se expresa despacito y con lenguaje llano para que hasta el paletero capte todo lo que dice.
Mario, cuando escribe o cuando habla, no deja títere con cabeza. Su asombrosa memoria, pese a los años, se convierten en un arma letal cuando de externar su opinión se trata.
Los c…jones de Mario, son legendarios.
Al menos en estas tierras, muchos pueden dar cuenta de ellos. De ahí que, así como es idolatrado por legiones, también es odiado por quienes sienten que fueron objeto de sus arrebatos.
Mario, con la entrevista, se la está jugando, está apostando todas sus canicas. Está colocando sus huevos en una sola canasta.
Sabe que así como le puede funcionar, puede que se le venga el mundo encima.
Es un riesgo calculado. Sabe que es ahora o nunca. No tiene nada que perder a fin de cuentas. Lleva 17 años recluido y raya en las siete décadas de vida.
Mario, en estos momentos, es una especie de talibán con varios kilos de dinamita enrollados en el cuerpo.
Dependiendo de las consecuencias de su acto, Mario sabe que, o se va al cielo, sin aduana de por medio, o -que importa ya- sigue deambulando en su propio y cotidiano infierno.





















