Por Mario Castillo Rodríguez
Chetumal.-Quien no recordará aquel 21 de agosto del 2007, cuando desde los primeros minutos ya se dejaban sentir los vientos del intenso huracán “Dean” de categoría 5, que azotará ferozmente la zona sur de Quintana Roo, con intensas lluvias y vientos de 270 kilómetros por hora, con rachas que superan los 325.
Días atrás, los medios de comunicación y las dependencias de gobierno mantenían en alerta a la población para tomar las previsiones para lo que sería un fenómeno natural de grandes magnitudes que para muchos marco un giro radical en sus vidas, y que sin duda cambió de tajo la fisonomía de Chetumal y otras ciudades como Bacalar, inundando calles, derribando árboles y destruyendo viviendas y demás infraestructuras endebles.
Las compras de pánico y las largas filas en las gasolineras, se conjugaba con presurosos vecinos resguardando sus hogares para no perder sus cosas de valor, y una vez que fue dada la última alerta, la roja, todos se mantuvieron bajo resguardo para recibir al que jamás fue invitado a este pedazo de tierra mexicana.
Y así, mientras los chetumaleños sentíamos la fortaleza de “Dean”, a las 03:00 horas de aquel 21 de agosto que hoy cuenta 8 años, un punto cercano al puerto de Mahahual sucumbía ante los estragos del ojo de este huracán que abarcaba 28 kilómetros a la redonda, con un movimiento de traslación de 33 km/hora.
Las medidas preventivas que se llevaron a cabo en Bacalar, Felipe carrillo Puerto y Chetumal, arrojaron saldo blanco en pérdidas humanas, pero muchos lamentaron severos daños que el monstruo hidrometeorológico ocasionó a sus bienes muebles e inmuebles.
Fueron montados mil 880 albergues temporales en escuelas y edificios públicos, donde se refugiaron habitantes de comunidades susceptibles a inundaciones o catástrofes de mayor intensidad, e incluso aquellos que fueron desalojados de la zona baja de Chetumal, como en el caso de un servidor.
La mayor dificultad para las autoridades que apoyaron a la población, fue desalojar a la gente de sus hogares ante el temor de que éstas fueron saqueadas durante la contingencia, pero pudo más la sensatez que aquella fuerte experiencia de vida que hoy tenernos como un recuerdo.
A las 9 de la mañana, la intensa calma invadía el ambiente, pues las autoridades aseguraban que lo peor ya había pasado, cuando en realidad estaba por venir.
Para aquellos que regresaban paulatinamente a sus casas el panorama era distinto: sin agua potable, sin energía eléctrica, muchas viviendas sin techos, árboles y postes de luz derribados, inundaciones en sectores de la ciudad, y mucho más que se conjugaba con la tristeza que marcaba el rostro de los chetumaleños ante la tragedia que embargaba.
Los informes de los medios y las autoridades, escasamente relataban las historias de familias que apenas contaban con lo indispensable y lo perdieron, historias de carencias agravadas por el paso de “Dean” que se entrelazan.
Pero pudo más la solidaridad y el empuje de los habitantes sureños que la misma adversidad, y poco a poco la vida fue retomando su curso con el apoyo parcial de los programas de gobierno, y la colaboración de gente de otras entidades que enviaron un pedazo de su corazón de Quintana Roo, para reconstruir lo que hoy somos a ocho años de que el huracán “Dean” llegara a la fiesta donde no fue invitado.























