JOSÉ MARÍA MORELOS, Quintana Roo.— Bajo el intenso sol de la Zona Maya, mientras limpia su parcela y revisa semillas guardadas desde hace años, Leobardo Sánchez y May observa con preocupación cómo poco a poco el campo deja de atraer a las nuevas generaciones.
“Los jóvenes ya no quieren el campo”, dice con resignación el veterano agricultor, convencido de que la milpa no solo produce alimento, sino también identidad, disciplina y cultura.
En comunidades mayas de Quintana Roo, donde durante décadas los niños crecían aprendiendo a sembrar, cargar herramientas y trabajar bajo el sol junto a sus padres, hoy la realidad es distinta. Muchos jóvenes prefieren migrar, buscar otros empleos o mantenerse alejados de las labores agrícolas.
Para Leobardo, el problema no está en que estudien o busquen nuevas oportunidades, sino en que olviden completamente las enseñanzas heredadas por generaciones.
Aunque varios de sus hijos lograron convertirse en profesionistas, asegura que nunca dejó de llevarlos al campo para enseñarles a sembrar, construir palapas y cuidar cultivos.
“Uno nunca sabe cuándo va a necesitar trabajar la tierra”, comenta mientras sostiene una coa desgastada por los años.
El agricultor recuerda que antes era motivo de orgullo aprender desde pequeño a sembrar maíz o sobrevivir jornadas enteras en la parcela. Ahora, lamenta, muchos jóvenes sienten vergüenza incluso de cargar herramientas de trabajo.
También teme que desaparezca la semilla tradicional maya, considerada resistente y adaptada al clima de la región, pero cuya conservación depende de que el conocimiento siga pasando de padres a hijos.
Ni siquiera un incendio que destruyó una de sus palapas detuvo a la familia, que continúa trabajando unida para mantener activa la producción.
En medio de tiempos difíciles y cambios acelerados, Leobardo insiste en que el campo sigue siendo una escuela de vida.
“Saber sembrar siempre será una ventaja”, afirma.
Mientras las nuevas generaciones crecen entre celulares, redes sociales y otros estilos de vida, agricultores mayas de la región observan cómo la milpa lucha por no quedarse sola.






















