El Punto Sobre La i
Nicolas Lizama

Trotamundos

Nicolás Lizama

Ojala y supiera toda la envidia que le tengo. Ojalá y supiera que cuando me lo topo, ganas tengo de acercarme y preguntarle cómo le hizo para llegar a tal excelsitud en esta vida. Porque eso de que nada te preocupe, de que nada te ate a un solo sitio, es extraordinario.

No sé de dónde diablos sale, no sé en donde demonios termine su diario andar por los caminos.

Una vez quise seguirlo para descubrir el secreto de ser feliz tan solo sosteniendo una mochila en las espaldas.

No fui tan cuidadoso y pilló mis intenciones. Detuvo sus pasos y se quedó parado en una esquina. Luego fue y se recostó en la pared de un edificio viejo. Me pareció que chiflaba una melodía que por mis oídos jamás habían cruzado.

El, me miraba de reojo. Yo disimulaba. Yo volteaba a todos lados haciéndome al occiso. El en cambio, llegó un momento en que me fijó la mirada y me transmitió un mensaje: “te jodiste porque jamás descubrirás mi más íntimo secreto”.

Algún olorcillo no muy agradable despedía, a juzgar por la cara de fuchi que ponía la gente “normal” que cruzaba a su lado. Unos chamacos, inocentes, se pararon frente a él y se lo quedaron mirando como si fuera un bicho raro.

El, de pronto, movió su larga -como descuidada cabellera-, y les soltó un rugido. Fue suficiente, los chavales, pálidos, salieron corriendo como alma a quien va persiguiendo el diablo.

Se le acercó un perro que comenzó a husmearle los desgastados huaraches que portaba. El, permaneció inmóvil mientras el animal, ya en confianza, se le acurrucó a un lado. Por las fachas del can, deduje que el también era callejero y en esos instantes fue como haberse visto frente a un espejo.

Me emocionó la repentina comunión entre esas dos almas con similitud extraordinaria.

Diablos, dije, si no fuera porque los prejuicios me están matando, yo iría, les pediría que me hicieran un huequito y también me acurrucaría junto a ellos.

El acariciaba al perro. Le pasaba la mano por el lomo. El animal, por ratos, sacaba la lengua y acompasadamente le lamía los zapatos.

Era, una escena idílica. Era la perfecta comunión entre dos almas afines. Era el hermanamiento entre dos  trotamundos para quienes no había diferencia entre la noche y el día. Para quienes la claridad no era el Sol, ni un foco, ni una vela, sino un chispazo de luz en el cerebro.

Ahí se estuvieron un buen rato. Una patrulla cruzó y se detuvo por unos momentos. Temí que de pronto se bajaran un par de gorilas y le rompieran el entorno a aquella extraordinaria escena.

Por fortuna los gendarmes entendieron que aquel tipo y el perro también merecían un espacio en este mundo.

El algún gruñido escuchó en las tripas del perro ya que le vi meter mano en la mochila y sacar un resto de comida, que, faltaba más, el perro engulló en un instante.

Yo me hubiese pasado toda la vida ahí observándolos y nutriendo de solidaridad mi alma. No podía, desgraciadamente. Miles de compromisos –seguramente uno de ellos me matará algún día-, me estaban esperando.

Y me fui. Y ni siquiera me atreví a ir y decirle lo más dulcemente posible que me encanta su forma tan desaprensiva de ver la vida. De comentarle que si tuviera algunos años menos encima, agarraría mi mochila y, despreocupadamente, me iría junto con él a recorrer el mundo.

No lo he vuelto a ver y eso me rompe el alma. Me consuela saber que en estos momentos seguramente estará muy quitado de la pena, recostado en la esquina de algún edificio viejo, acariciando a algún fantasma y en perfecta comunión con las estrellas, lejos de los problemas terrenales, de esos que solo a mí y a usted –terrícolas comunes-, nos desquician por completo.

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