Por Nicolás Lizama
En el Congreso del Estado, administrativamente, hay un verdadero relajo.
Los empleados. Sobre todo los que no tuvieron ni tienen la bendición del «Altísimo», están en ascuas. Saben que en cualquier momento les dan una patada en el trasero y de pronto se verán con las patitas en la calle.
Los nuevos vienen con todo su caudal de gente. Así ha sido siempre y esta vez, júrelo, no será la excepción. Quizá sin tantos abusos como antes, pero de que habrá recomendados, los habrá.
Los comentarios entre los empleados, los trabajadores que no tienen derecho a picaporte en las oficinas más importantes, solo miran y comentan ya que no les queda de otra.
En lo que coincide la mayoría es la alegría de que por fin se vaya una tal Melissa Verduzco, a quien no bajan de prepotente y por lo tanto amerita hacer fiesta ante su inminente partida. Coinciden también en que la damita no puede irse tan tranquila a casita sin antes enfrentar alguna auditoría o como carambas se le llame a eso de esculcarle hasta las amígdalas en busca de alguna anomalía por la cual tenga que enfrentar a la justicia.
La doñita no es muy querida que digamos. Los empleados comunes hablan pestes de ella ya que los agravió con su desdén y prepotencia.
Los empleados solo ven cómo hay guillotinas que comienzan a afilarse y suplican a todos los santos del cielo no sea para ellos sino para los que de veras lo merezcan.
Lo cierto es que el Congreso del Estado es un hervidero de rumores en donde nadie se salva de los hirientes, los punzantes y sarcásticos comentarios que van y vienen por todos los pasillos. Tanto los nuevos «panes grandes» así como los cristianitos heredados por la legislatura anterior, son diseccionados por radio bemba, la herramienta más eficaz en este tipo de trueques sexenales.





















