Nicolás Lizama
Hay gente que no cree que la profesión del reportero sea tan complicada. Siguen con la falsa creencia de que la actividad es un lecho de rosas y que todo se nos va en grandes saraos y en codearse con los “panes grandes”.
Y eso es una gran mentira.
La reporteada tiene sus bemoles. Tiene sus días buenos y sus días malos. Tiene sus días en los que uno se pregunta ¿qué carajos hago aquí lidiando inútilmente con la gramática y la sintaxis?
El éxito en la vida de un reportero no es algo que te lleve al cielo. Claro, si es que la idea es aprender a escribir como Dios manda y no andar dando lástima con esos “horrores” ortográficos que nos encueran de los pies a la cabeza.
Lidiar con las letras no es nada fácil. Aún con toda la experiencia del mundo siempre es angustiante estar ante una página en blanco cuando solo faltan minutos para que el periódico en el que trabajas baje la cortina y diga por hoy este cuento se ha acabado.
A mi paso por esta actividad he conocido reporteros extraordinarios a quienes la talacha diaria les dio la habilidad suficiente como para elaborar cinco o seis notas de una sola sentada. He conocido a colegas con dedos de metralleta que en una hora ya cumplieron con el tope que en sus periódicos les imponen para que puedan ir y tomarse una “fría” sin necesidad de estar pensando que la chamba sigue ahí esperando.
También he conocido gente que cree haber alcanzado lo máximo que la actividad puede dispararle a un ser humano y se echa en la hamaca sin pensar que afuera el mundo sigue rodando y generando información de todo tipo.
La actividad es diaria y a todas horas. Lo he visto, no me lo han dicho. Los grandes reporteros, como los soldados, duermen con las botas puestas y con la libreta y el lapicero listos para muy de mañana nada más estirar la mano y salir como alma que lleva el diablo rumbo al primer evento que asigna el tirano que hace las veces de jefe de información en el periódico para el que uno labora.
Un buen reportero, me dijo alguna vez el director de un periódico, no le hace fuchi a ningún evento por más intrascendente que este sea; con su escrito ya luego le dará la relevancia que los demás no vieron. Y es cierto. Si acaso la máxima gloria que existe en esta actividad es cuando algún lector se acerca y te agradece por la manera en que le transmites la noticia.
Los lectores, de eso sí estoy seguro, son el mejor patrimonio del que todo reportero puede presumir. Son el punto de equilibrio que a veces te permite el lujo de pensar que ha valido la pena tantas desveladas, tantas idas y tantas venidas.
Un lector, uno solo, vale su peso en oro molido. Al buen lector no hay forma de engañarlo. No hay manera de echarle un anzuelo y atraparlo para siempre. A un lector hay que enamorarlo día con día. Hay que darle lo que quiere, lo que exige, lo que demanda para sentirse parte de nuestra existencia. A un lector hay que consentirlo, mimarlo, apapacharlo para evitar que el día menos pensado se aleje de nosotros.
“Al cliente lo que pida”, es el slogan de un comerciante exitoso. Y en este caso es lo mismo. Un lector te busca porque algo de lo que leyó le cayó en gracia y quiere repetir la experiencia con mayor frecuencia. Y pobre del que escribe si no consigue alimentar la curiosidad de quien lo lee. Así como empezó -¡plop!-, así termina todo.
Hay lectores de todo tipo. Todos muy respetables. Todos muy valiosos por el lado que uno quiera mirarles.
Es aconsejable interactuar con ellos. Uno aprende mucho inter relacionándose con los lectores. Más, incluso, que todo lo que pudieron trasmitirte los maestros en las aulas. Hay el lector que desmenuza lo que escribes y luego, tras encontrar decenas de errores, se toma el tiempo de hacerlos de tu conocimiento para evitarte más tropiezos. Hay otros que te leen de corrido y te perdonan todos los deslices. Unos más buscan tus escritos muy de vez en cuando y tienen el cuidado de señalártelo, como para que recuerdes que no todo lo que escribes merece cinco o diez minutos de lectura.
Yo aprecio mucho a mis lectores. Sin ellos todo lo que hago valdría un soberano cacahuate. Pocos o muchos, son el mejor patrimonio del que dispongo. Y, claro, no los cambio por nada. Sé que ellos pueden mandarme por un “tubo” en el momento en que así se les antoje. Y es por eso que me echo en la hamaca pero solo un ratito, lo aconsejable, solo para dormir la siesta y luego seguir con la talacha.
Hoy, a diferencia de hace algunos años cuando el periodismo era una actividad exótica, hay muchos reporteros jóvenes que se esmeran día con día. Que salen a la calle en busca de la nota que los catapulte en el medio para el cual trabajan. Jóvenes cuya idea no es hacerse populares entre los políticos sino entre la gente que los lee.
La actividad reporteril no es cualquier baba de perico, tiene sus bemoles.
Colis2005@yahoo.com.mx





















