Nicolás Lizama
Mi capacidad de asombro quedó ampliamente rebasada de un tiempo para acá.
¿Es bueno? ¿Es malo? No lo sé. Lo único que sé es que ya no hay nada que puede provocar que mis ojos se desorbiten por el susto de lo que están viendo, o que mis orejas se pongan coloradas y saquen humo por tanta barbaridad que están escuchando.
Hubo un tiempo, bellas épocas, en las que sí habría pegado un salto enorme si hubiese visto una mínima parte de lo que sucede actualmente.
Las campañas, hasta donde recuerdo, eran un dechado de civilidad. Unos dicen que porque eran de a mentiritas. Eran chafitas. Inclusive había que inventarle un rival al otrora todopoderoso partido institucional. Todavía se recuerda a varios patiños que no tuvieron ningún reparo en coludirse para aparentar ser oposición y darle así un barniz democrático a la elección. No importa, aquello era mejor a lo actual. Unos hacían como que competían, otros (los votantes), como que se lo creían. En fin, todos se hacían “patos”, pero lo importante era que los trapitos sucios se lavaban en casa y no involucraban a quienes no tenían vela en el entierro.
La situación ha cambiado radicalmente de un tiempo para acá. Ahora el lodacero es la herramienta principal. A partir de ahora no se podrá concebir una elección sin un pantano a la mano para extraer toda la inmundicia posible para aventársela al adversario.
De lo que si estoy plenamente consciente, es que a veces, solo a veces, soy medio bruto, ya que no entiendo bien a bien cómo se puede competir echándole caca al rival. No entiendo bien a bien por qué no se privilegian las ideas, las frases excelsas, las que llegan al corazón de los indecisos. Hasta donde mi materia gris lo indica (lo poco que puede, no da para tanto) con tal cantidad de lodo que va de un bando para otro, lo que provocan es que la fila de indecisos se vaya engrosando brutalmente.
En fin, lo mejor ahora es no salir a la calle si es que uno no tiene nada que hacer afuera. Está lloviendo lodo y en una de esas, usted, sin deberla ni temerla, resulta empapado de los pies a la cabeza.





















