Orquídea, luego de un imprevisto retiro, regresó a la cantina más glamorosa que nunca. Volvió más generosa, más consciente de que lo suyo era actitud y no aptitud. Ahí estaba de nuevo atendiendo a sus clientes, radicalmente cambiada, transformada por completo.
Volvía dispuesta a no regatear nada, a darle la vuelta a la tortilla, a jugar con quienes quisieran hacer lo mismo con ella.
Y fue entonces cuando su cartera comenzó a llenarse de dinero. Fichaba aquí, fichaba allá. Coqueteaba aquí, coqueteaba allá. Nunca dejaba de sonreír, nunca dejaba una invitación al garete, nunca rechazaba una caricia si en ella iba implícita una generosísima propina.
“Y no es que me haya vuelto una prostituta cualquiera, simplemente me fajé los calzones y me enfrenté al destino para que no me apachurrara por completo”, razona Orquídea en su muy particular forma que tiene de ver la vida.
Alguna vez la engañó el sentimiento. Alguna vez los remordimientos la incitaron para que buscara otra forma de ganarse la vida, otra manera no tan mal vista para obtener ciertos dividendos. No pudo sin embargo. La vida normal no se le daba. Fueron media docena los intentos fallidos. Invariablemente regresaba a la cantina.
Descubrió que tenía que ser una cabrona cuando supo que el cortejo de un parroquiano no tenía nada que ver con el amor, con los buenos sentimientos y demás chucherías, como ella lo entendía, sino simple y llanamente con un rato de pasión desenfrenada.
La vida en la cantina le enseñó a esconder sus sentimientos, a guardarlos para sacarlos a flote apenas llegara a casa y sus hijos vinieran a su encuentro. El sentimiento en la cantina –le decía la experiencia-, implica llantos, decepciones y el aleteo del suicidio a veces.
La rutina de la cantina gradualmente la fue envolviendo. Ya de pronto se vio aceptando la invitación de un fulano que la cortejaba insistentemente y que hacía gala de una abultada cartera. Aceptada la insinuación, la llevaron a un sitio emblemático de la ciudad en donde los parroquianos suelen llegar con sus conquistas más recientes, esperanzados en que la semioscuridad del lugar no los delate ante el resto de la clientela habitual; esperanzados en que una noche de copas no eche por la borda la “buena fama” que van labrando durante el día.
Y ya de pronto al calor de las copas y aferrada a la esperanza de llegar a su casa con varios billetes en el interior de la cartera, mandó al carajo el poco recato que le quedaba y compartió generosamente sus caricias con aquel tipo de físico deprimente, de lonjas abultadas y con cachetes de marrano.
Luego de esa experiencia, tan gratificante en el aspecto económico, ya no pudo detenerse. Ganaba más aceptando invitaciones que atendiendo gentilmente a los clientes de la cantina en que laboraba.
Un día se cimbró de los pies a la cabeza cuando su hijo de siete años llegó de la escuela y le preguntó: ¿En qué trabajas, mami?
El cinismo fue parte de la coraza con la que Orquídea tuvo que rodearse para no ser devorada por los remordimientos que frecuentemente le asaltaban. Aprendió a desafiar la mirada inquisidora de sus vecinas y puso oídos sordos a los rumores que iban y venían sobre la actividad que desempeñaba, sobre la forma que tenía de mantener a los dos chamacos que en casa le esperaban.
Orquídea, finalmente, se dio sus mañanas para no ser avasallada por la moralina sociedad que tan mal veía su forma de ganarse la vida. Libró con éxito las dentelladas del destino y aún cuando sus hijos no son precisamente un dechado de conducta, pudo mantenerlos de principio a fin. “Cosa que me llena de orgullo”, dice mientras entrecierra, esos ojos abotagados, reflejo fiel de tantas horas departiendo con borrachos.
Hoy, Orquídea –vieja y arrugada-, tras la barra de esa cantina de mala muerte, ve pasar la vida. Observa y aconseja a las chicas que fungen de meseras. Constantemente les dice que borren cualquier gesto de fastidio de sus rostros, que apapachen al cliente, que se ganen la propina. “¡Así nunca encontrarán marido!”, les grita a voz en cuello, provocando todo tipo de sonrisas.
“Así es la vida en la cantina”, dice con la cara de resignación con que navega en esta vida. Y como una especie de María Magdalena, como en sus buenos tiempos, exclama altiva, desafiante: “Y el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”.
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