(Croniquita a la distancia)
Nico Lizama
Los ritos son similares, nunca cambian.
En el decir está la clave. Dependiendo de qué tan claro o encriptado se emita el mensaje.
Nada de que el receptor se durmió y ¡plop!, no entendió en donde estaba parado. En el que desliza el mensaje está la clave.
En una o en dos frases, se encierra a veces lo que se espera de un gobierno.
Hoy, se hizo historia en todos los aspectos. Buenos y no tan buenos, dependiendo de qué tanta apertura tenga uno en el cerebro.
Sin ahondar en detalles, echar las fanfarrias al vuelo sería demasiado jactancioso.
Hoy, no fue un Jetta el modo de locomoción para llegar al palacio de San Lázaro, fue un Aveo que pecaba de modesto.
La cámara de senadores era una fiesta, claro, con excepción de ese minúsculo pedazo de arepa a la que hasta flojera da llamar oposición.
Llega AMLO y todos se cuadran. No hay quien no se tienda a manera de tapete. Faltaba más.
¡Qué bárbaro!, se pierden las formas. Se les olvida que son parte de un poder que debería guardar las formas cuando menos.
Todo eso vale un cacahuate fragmentado en mil pedazos.
Es la ley de la sobrevivencia, se entiende.
Es demoledor que te llegue el olor de las ricas viandas y que nadie te convide al menos con una migaja.
Pero, caray, un poquito de dignidad a nadie le cae tan mal que digamos.
Los cachetes de AMLO van de un lado a otro. Los asistentes, teléfono celular en mano, sabiendo que es ahora o nunca, hacen circo, maroma y teatro para obtener la selfie que luego haga morir de envidia al barrio entero.
La senadora Anahí González, la indigenista, es una de las más enjundiosas para cumplir el cometido. Lo intentó una vez y, aparte de perder la compostura, perdió hasta el teléfono. No desiste sin embargo. Lo atrapa metros después y, ¡clap, clap!, !bravooo!, lo consigue.
La miel fluía y embarraba todo el piso. Varios se resbalaron incluso.
La foto, la fotito con AMLO, ¡Dios mío!, es la última oportunidad para inmortalizarse con tan singular personaje.
AMLO, llega al pódium en calidad de bulto. Magullado, exprimido, echo arepa, pero satisfecho. Le gusta que lo consientan, se nota -de aquí a Macuspana- que le demuestren qué tan indispensable es en el ánimo de mucha gente.
Tras que ya se ve algo agobiado por el largo trajín político que le antecede a su hipotético retiro de la política, para acabarla de amolar, sus correligionarios se le echan encima con tantos ímpetus que por ratos lo hacen aspirar el aire a bocanadas.
Llega Claudia y todo el tumulto traslada sus querencias.
Y van que vuelan con la nueva titular del ejecutivo.
A los senadores no les importa el decoro, aquello se convierte en un concurso de ver quién es el mejor tapete. ¡Presidenta, presidenta!… retumba esa porra inmensa que si por ellos fuera, hasta en estos momentos, 6 horas después, seguiría retumbando.
La traductora, la del recuadro de la tele, es un poema.
Sus interpretación con señas de lo que la presidenta decía en su discurso, era un poema.
Ahí, sin embargo, también había alguien que desentonaba por completo la magistrada Norma Piña, la titular del poder judicial.
Va echa polvo, poquito falta para que desaparezca por completo. Ya es historia, si acaso.
Humillada desde tiempo atrás, hoy recibió el ¡kaput! que la liquidó por completo.
Es el claro ejemplo de que la vida, tan cruel y despiadada a veces, exige tantito decoro para evitar que se pitorree de ti hasta la que se encarga del aseo en la Cámara de Senadores.
En fin. La vida va.