Nicolás Lizama
La concha de Raymundo King es extraordinaria. A veces me parece estar viendo a esos quelonios antiquísimos de las islas Galápagos, que para avanzar diez metros en línea recta se tardan toda una vida. Esas tortugas admirables que se las ingenian para vivir muchos años en condiciones nada favorables para ellas.
Ray, al igual que los bichos de que les hablo, tiene una concha extraordinaria para soportar tanto vituperio.
Otro, en lugar de hacerse un «huevito en su curul y ponerse tapones en los oídos, ya hubiese pedido disculpas por tantas metidas de pata con las que ha transitado por esta vida, a ver si así se conduelen de él sus bizarros cuanto insistentes detractores.
Pobre Ray. Hay colegas que en un principio lo miran con cierta lástima, pero al final, el «te lo mereces» es el gesto que predomina en sus rostros.
En la actual legislatura hay diputados que de plano, es una vergüenza para la ciudadanía que personajes tan patético los esté representando. Hete aquí sin embargo que se llevarán sus tres añitos sin mayor problema, presentándose como mentecatos distinguidos y gozando de prebendas vedadas para la mayoría de los mortales. Al contrario de Ray, que siempre tendrá «sombra» que le esté recordando su triste transcurrir como representante popular y servidor público.
En la sesión en la que se repartieron comisiones y demás posiciones de privilegio por la que viven y mueren los señores diputados, detrás de Raymundo había una dama con una pancarta en la que le recordaba su pasado nada rimbombante en cuando a buenos resultados. Brava, la chica lo increpaba constantemente. En una de esas se le ocurre al pelón José Luis González salir en tímida defensa. Mejor no lo hubiera hecho. Le dijeron algo parecido a: «tú no nos interesas, no nos sirves para nada, así que ni te metas». El calvo legislador soltó una sonrisita de menso disciplinado y se sentó enseguida dejando a su colega y compañero de partido en las fauces de los leones.
Entretanto Raymundo, el malquerido, acertaba a reírse como lo hacen esos cristianos que parecieran tener un cacahuate en el cerebro.
Otro, con raciocinio, sin esa concha que al final resulta inútil porque no le quita un ápice de su ya legendaria incapacidad, pediría disculpas por tantos errores cometidos.





















