Nicolás Lizama
De veras, le tengo una envidia terrible a un tal Goyo Vela, caricaturistas de la Madre Patria, quien no se queda con ningún antojo.
Cuando quiere andar de pata de perro se pone la mochila al hombro, sale a la calle y se deja llevar por su espíritu viajero.
Solo cuando fui un chavito de 17 años pude hacer eso. Dos o tres calzones, un par de pantalones de mezclilla y media docena de playeras en la mochila eran suficientes para emprender el vuelo sin preocupación alguna.
Cuando el buen Goyo Vela saca a flote su espíritu san juanesco, que lo tiene al por mayor, nunca vuelve solo a casa cuando la madrugada lo obliga a retornar a su refugio. Siempre trae a un buen cobijo a cuestas, siempre tiene a su lado alguien que le alegre las horas venideras.
En ese sentido, por lo que a mí respecta, la naturaleza fue totalmente cicatera a la hora de otorgarme ciertos dones. Lo mujeriego simple y sencillamente no es lo mío. No tengo aires de conquistador. Me gustaría haberlos tenido al menos por un ratito solamente. Al menos para experimentar lo que se siente andando a la caza de cuanta chica se cruce en mi camino. Algún chiste tendrá. Algo bueno ha de sentirse. El Goyo Vela es muy bueno para eso. Hace dos o tres días exhibió una galería de los amores que han pasado por su vida y, mis respetos, pareciera que las cambia día con día.
Cuando Goyo Vela tiene la cartera seca, simplemente agarra un lápiz y hojas en blanco para lanzarse a la calle e ir a sitios concurridos en donde dibuja a los parroquianos y se gana un buen billete.
Tampoco he sido bueno para eso. No tengo espíritu de aventurero. Desgraciadamente el desparpajo no entró en la lista, breve, brevísima, de cualidades que me fueron otorgadas.
Lo que me queda entonces, es envidiar a tipos como el tal Goyo, que puede hacer de su vida un papalote.
¡Salud, mi Goyo!





















