Por Benjamín Pat
En fin, el nombre es lo de menos.
Tú que naciste y creciste en la zona maya seguro recuerdas esa y otras historias.
Como ya eres todo un hombre te atreverás a negar que esa fue la historia más tenebrosa de tu infancia.
Seguramente ahora se las cuentas a tus amigos, a tus hijos o a la chica que intentas conquistar, y lo haces como si nunca te las hubieras creído.
Era vísperas del Janal Pixán (comida de las ánimas), justo cuando te disponías a salir sin el permiso de mamá, cuando escuchabas aquellas palabras: “tuux ka bin” (a dónde vas) “tsatén a k’aab” (dame tu mano).
Te ponías en calidad de bulto y te colgabas de sus brazos. Prácticamente a rastras te llevaba a aquella escala obligada, previo a la reta o simplemente el relajo con los cuates en el kiosko o la cancha.
Lo primero que salía de aquella canasta era el hipil a medio bordar, debajo las bolas de estambre. Para tu buena suerte había de todos los colores, menos del que buscaba.
Sonríes por dentro porque, no eres tonto y minutos antes, habías escondido el color que faltaba.
“Xuupe de chaako’ mam, cha’in bin chen beyó, ma’in pa’tik u ée’joch’e’ental” (se acabó el rojo mamá, déjame ir así, no esperaré que anochezca).
Pero cuando todo parece indicar que te saliste con la tuya, ella encontraba la solución –así son todas las mamás siempre tienen solución para todo-.
Entonces desbordaba una de las rosas rojas y hermosas que adornarían el hipil. “kichkelem yu’um kananté páala’, ma chaik u bisaj tumen le pixano’” (dios cuida a este niño, no dejes que se lo lleven las ánimas).
En ese momento comenzaba la historia sobre los muertos y como es que las almas de los tíos o abuelos, se llevaban a los niños que no les hacían caso a sus padres.
Solo así lograbas entender por qué en el pueblo había señoras que no tenían hijos, al menos no vivos, porque al igual que tú, su pequeño vástago no quiso usar el estambre rojo o peor se lo quitó a escondidas.
No sé ustedes, pero aquél relato era suficiente para aguantar las burlas de los niños más grandes, que aprovechándose de la oscuridad –no era difícil porque la energía eléctrica fallaba a cada rato en el pueblo- salían con cada historias sobre muertos.
Hoy que veo las redes sociales inundadas de invitaciones para festivales de halloween, paseos de ánimas y catrinas, incluso en la autollamada Capital de la Cultura Maya (Felipe Carrillo Puerto), me pregunto ¿Dónde quedaron nuestras tradiciones auténticas y originales?






















