La posición de Quintana Roo dentro del tablero federalista de México atraviesa por una contrastante coyuntura. Por un lado el turismo crece, se infla como un gran salvavidas ante el hundimiento del motor petrolero, que antes impulsaba ampliamente la economía nacional. Y es que, por nuestras playas caribeñas ingresa más del cuarenta por ciento de las divisas que el sector turístico trae al país.
Pero lo que podría ser el retrato de una sociedad en pleno crecimiento, se desdibuja cuando observamos el desarrollo de un proceso electoral ríspido y competido. En esta ocasión, tres candidatos fuertes se disputan la gubernatura; mientras que en los municipios se desarrolla una lucha política sin cuartel, haciendo de pronóstico reservado los resultados, por lo menos en la mitad de ellos, pero entre los que resulta inevitable nombrar los de Benito Juárez y Othón P. Blanco, por el tamaño de su población y su peso ciudadano en la báscula del poder político.
¿Y qué dicen los primeros análisis sobre la conformación de la XV legislatura del Congreso del Estado?
Recordemos que Quintana Roo nació con y por la presencia de un solo partido político: el Revolucionario Institucional (PRI). Con estas siglas, el régimen ganó, en 1974, por default las elecciones de la Legislatura Constituyente, cuando se fundó el Estado hace 41 años. Luego, en 1975, se llevó el carro completo en la elección de la I Legislatura, donde el único competidor fue el Popular Socialista (PPS).
A partir de la segunda legislatura (1978-1981) y hasta la actual décimo cuarta (2013-2016), el espectro ideológico-partidista se amplió paulatinamente en el Estado y el Congreso del Estado, con la actuación de tres a nueve fuerzas políticas, con momentos estelares unas veces y periodos oscuros, en muchas ocasiones, pero, sin que se pueda subrayar uno que haya destacado por su identificación ciudadana.
Así, la llamada “oposición” quintanarroense ha acompañado al oficialismo, en el Congreso del Estado, durante más de 40 años, sin pena ni gloria. Nunca ha gozado de líderes morales ni estratégicos; y cuando alguno de ellos se ha aproximado a serlo, ha sido cooptado por los gobernantes en turno, sea con puestos políticos o administrativos de menor escala, o mediante prebendas económicas de satisfacción completa e inmediata.
Ello explicaría que más de dos terceras partes de la población, por lo menos en lo que va de los primeros 15 años de nuestro siglo, hayan decidido no votar ni involucrarse en los asuntos de su comunidad. Nuestro Estado es, entonces, el cuarto que menos votan en el país, solo después de Baja California, Chihuahua y Aguascalientes. En las elecciones de 2013 y 2015, por ejemplo, el abstencionismo alcanzó de 50 a 60 puntos porcentuales.
Sin proyecto ni liderazgos reales, todos los partidos autonombrados “de oposición” se han mantenido, así, en la órbita del PRI, sin ofrecer ni por asomo innovación de fondo ni de forma.
Con estos antecedentes es más fácil entender ahora cómo el sistema político local ha mantenido gran estabilidad en el poder legislativo local, sin consideramos que, en promedio, el PRI mantiene una cómoda mayoría de dos tercios de las curules en el Congreso del Estado, desde la década de los años noventa. Desde luego, ha habido momentos estelares y otros oscuros que debemos mencionar. Veamos.
En menos de una década, de 1996 a 2005, los quintanarroenses dimos orientación ideológica a nuestros votos con giros de 180 grados, creando la falsa ilusión a analistas y observadores de que, en Quintana Roo, también caminábamos sobre la ruta de la transición. Así, en la VIII legislatura (1996-1999), volteamos a la derecha y el PAN tuvo ocho representantes; en la IX (1999-2002), la izquierda o lo que así se llama en nuestro Estado, resultó atractiva y el PRD obtuvo siete diputados.
Finalmente, en la XI legislatura (2005-2008), ante los fallidos experimentos oscilatorios hacia la derecha, hacia la izquierda y hacia un centro muy deteriorado, los quintanarroenses votamos por una figura parecida a Frankenstein: PAN, PRD y un nuevo partido, Convergencia por la Democracia (hoy Movimiento Ciudadano), quienes invirtieron las tendencias históricas del sistema político electoral quintanarroense, al conquistar dos tercios de las curules (16) y el PRI y su aliado verde solo un tercio (9).
Ese fue un verdadero momento estelar y el Congreso del Estado parecía estar viviendo lo que el Congreso de la Unión había vivido en 1997, cuando terminó la era de la mayoría legislativa priista, a nivel federal, y se impuso una nueva era de minorías.
Pero, fue otra ilusión óptica para estudiosos y ciudadanos locales, pues, donde no hay líderes ni proyecto, no podría generarse alternativa ni alternancia política alguna. Lo único que cambió entonces fue la modalidad de la cooptación. Pues, a partir de entonces, la llamada “oposición” ya no se conformó con elevar el valor de sus prebendas económicas (en particular, el costo de los votos), sino que empezó a exigir una mayor presencia de imagen (marketing), además de que empezó a conquistar espacios administrativos para la parentela y los compadres, toda vez que el PRI había perdido todo su poder de “aplanadora”.
Desde la recuperación del control legislativo, en la XII Legislatura (2008-2011), el PRI ha mantenido su hegemonía como el partido mayoritario, poniendo en juego una transición generacional y regional interna, así como aplaudiendo la polarización de grupos de internos de las oposiciones, quienes viven un crispado reacomodo nacional en el que, por cierto, no destaca ningún cuadro político quintanarroense.
Para el presente proceso electoral, cuando se elegirá también a los 25 diputados de la nueva XV Legislatura, tanto el PRI como sus aliados (PANAL PVEM) tienen nuevamente la “aplanadora aceitada”, con la capacidad de someter el voto de los opositores (PAN-PRD), cuyas divisiones internas son la primera garantía de derrota el próximo 5 de junio.
Cuenta, además, el PRI con el llamado “voto estratégico”, que le propiciarán PT-MC-PES y MORENA.
Ya lo dijimos antes, con el voto fragmentado, el PRI volverá a ganar el poder legislativo, sin mayores complicaciones y consagrando la clásica estrategia de “divide y vencerás”.


















