Por Armando Batun
La reciente declaración de Ricardo Monreal sobre el proceso sucesorio en Quintana Roo no solo es imprudente: es reveladora. Revela la persistente visión centralista, reduccionista y profundamente colonial con la que ciertos liderazgos nacionales siguen observando al Caribe mexicano.
Para Monreal, Quintana Roo no es un estado con vida política propia, sino un tablero que puede ordenarse desde la Ciudad de México con tres fichas mal contadas.
Al acotar la sucesión de 2027 a solo tres nombres —Eugenio Segura, Ana Paty Peralta y Rafael Marín—, Monreal incurre en un error de diagnóstico político elemental: confundir poder coyuntural con legitimidad territorial, y cercanía con el centro con arraigo local.
Más grave aún, su pronunciamiento no ocurre en el vacío. Se da en un contexto de sucesión adelantada, cuando aún no se apagan los motores del gobierno estatal encabezado por Mara Lezama, y cuando el verdadero reto del movimiento no es repartir candidaturas, sino gobernar bien, consolidar resultados y evitar la implosión interna.
El centralismo que no aprende
Monreal vuelve a cometer el pecado político que Morena juró desterrar: decidir desde el centro lo que debe pasar en la periferia. Quintana Roo no es Zacatecas, no es Tabasco, no es un apéndice administrativo del obradorismo histórico. Es un estado con actores propios, liderazgos emergentes, poder económico regional y una ciudadanía cada vez más crítica frente a las imposiciones.
Al excluir deliberadamente a figuras como Estefanía Mercado, presidenta municipal de Playa del Carmen, Monreal no solo minimiza a una alcaldesa con resultados y control territorial; borra de un plumazo a uno de los municipios más estratégicos del estado, Playa del Carmen, motor económico, político y social del Caribe mexicano.
Lo mismo ocurre con Maricarmen Hernández (Felipe Carrillo Puerto) y Atenea Gómez (Isla Mujeres), perfiles que —guste o no en el centro— han ganado elecciones, gobiernan territorios complejos y construyen liderazgo real, no de escritorio.
El caso Rafael Marín: el candidato importado
Especial atención merece el caso de Rafael Marín. Su creciente presencia en Quintana Roo no responde a una trayectoria estatal, sino a un empuje político importado, sostenido por redes de poder ajenas al estado. El mensaje es claro y peligroso: no importa el arraigo, importa el padrinazgo.
Ese mismo libreto ya se intentó aplicar en Tulum con personajes desconocidos, generando tensiones internas, rechazo social y fracturas que Morena aún no termina de cerrar. Insistir en esa fórmula no es estrategia: es necedad.
¿Unidad o control?
Monreal dice preocuparse por la unidad. Pero no hay unidad cuando se reduce la pluralidad, ni cohesión cuando se ignora a quienes construyen el movimiento desde abajo. Lo que se percibe no es una intención de ordenar, sino de condicionar, de marcar territorio, de enviar el mensaje de que el centro sigue mandando.
Paradójicamente, esta postura choca con la narrativa que ya ha perfilado Claudia Sheinbaum: continuidad en estados gobernados por mujeres, respeto a los liderazgos locales y rechazo a las imposiciones que debiliten al movimiento.
Quintana Roo ya no es tierra dócil
La mayor equivocación de Monreal es creer que Quintana Roo sigue siendo un territorio políticamente maleable, donde basta una señal desde el altiplano para ordenar filas. Ese tiempo se acabó. Aquí hay poder económico, estructura política, medios, ciudadanía informada y memoria.
La sucesión de 2027 no se definirá en un café del centro ni en una entrevista improvisada. Se definirá en el territorio, en los resultados, en la capacidad de conectar con la gente y —sobre todo— en el respeto a un estado que no acepta ser tratado como botín.
Quien no lo entienda ahora, lo entenderá después. Pero será tarde.






















