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Benito Juarez

He Dejado Que La Poesía Repose Como El Vino

Miguel Ángel Meza

Radicado en Chetumal desde 1992 y nuevo ciudadano de Cancún desde 2017, Agustín Labrada (Holguín, Cuba, 1964) ha alternado durante estos 27 años de vivir en Quintana Roo varios oficios (unos obligatoriamente utilitarios y diligentes, otros necesariamente creativos y de desafío vital), que le han permitido sobrevivir la nostalgia en ésta que se ha convertido en su segunda patria: por un lado, el periodismo cultural, la docencia y la promoción cultural; por otro, la poesía, la escritura creativa, y el amor y la amistad. En la siguiente entrevista, el escritor cubano-mexicano confirma que en esta nueva etapa se aleja del periodismo cultural, retoma exclusivamente la vocación poética y la escritura de ficción, y promete que pronto veremos obra suya que “aspira a una creación que pueda universalizarse”.

Este 2019 cumples 27 años de haberte establecido en Quintana Roo, prácticamente los mismos años ya que viviste entre Holguín (infancia) y La Habana (adolescencia y juventud). Dentro de algunos meses tendrás más tiempo viviendo en México que el que viviste en Cuba. ¿En qué momento sentiste que te convertías en un escritor cubano-mexicano? ¿O nunca lo ha sentido así?

Cuando llegué en 1992, la comunidad literaria del Caribe mexicano (de la que ahora soy parte) me recibió con cariño y respeto, así que muy pronto comencé a sentirme como un escritor cubano-mexicano hasta tal punto que el primer libro que publiqué en México hacia 1995, un libro de periodismo cultural que se llama “Palabra de la frontera”, gira sobre autores, libros, revistas y talleres de Quintana Roo. Desde entonces, comparto esa riqueza: ser un autor de dos países en un contexto que es abiertamente cosmopolita. Llegué a los 27 de edad y el diez de febrero de 2019 cumplí 27 años de vivir aquí la mitad de mi vida.

¿Sigues añorando Holguín, donde se encuentran tus orígenes y tus primeros afectos y rencores como lo dices en alguna entrevista?

Añoro Holguín y añoro La Habana, las ciudades de Cuba donde viví. Es inevitable. En Holguín, aún se encuentra parte de mi familia. En La Habana, pasé años de mucho aprendizaje y descubrimientos, ciudad mágica llena de cultura y de una belleza que el tiempo no logra lacerar. Ambas han sido importantes para mí, ambas me han tatuado de recuerdos. Por eso cada vez que me sea posible las visitó, y frecuento lugares y personas que estimo trascendentes en mi memoria afectiva. Mi mejor manera de homenajearlas es escribir sobre ellas y sentirlas siempre latiendo, con toda su música, en mi corazón.

¿En qué momento de tu estancia en Chetumal, donde viviste hasta 2017, sentiste la posibilidad real de regresar a Cuba? ¿Por qué no lo hiciste?

En diferentes momentos, tuve el impulso de regresar a Cuba, pero no rebasa esa sensación, un deseo momentáneo que se manifiesta en tiempos de crisis (de ingreso, emotivas o existenciales) que pasa rápido como esas mismas crisis. Volver a vivir en la isla no está en mis proyectos inmediatos y si estuviera implicaría reacomodos domésticos y socioculturales y cambios de otra índole igualmente significativos, matizados por todo el tiempo que he permanecido en México, pero es bueno saber que allá dispongo de un hogar donde siempre seré acogido y decir contento como José Martí: “Dos patrias tengo yo…”

Para tu visión poética del mundo, ¿qué te ha dado el autoexilio, la adopción de una segunda patria? ¿Cómo ha marcado tu poética? ¿Lo veremos reflejado en los poemarios inéditos en los que vienes trabajando últimamente?

No considero que mi experiencia tenga que ver con el exilio. Nunca he sido expatriado ni me he visto envuelto en confrontaciones políticas. Me establecí en esta costa de México por decisión propia y esa aventura, por llamarla de algún modo, se refleja en mi libro “La vasta lejanía”, sobre todo en aquellos textos relacionados con la nostalgia y la sublimación de Cuba, y aparecerá igualmente en los poemarios inéditos. También hay otros poemas concebidos desde la óptica y las vivencias de esta tierra adoptiva, más próximos a un imaginario que surcan desasosiegos, reflexiones, placeres y recreaciones históricas

El año 2000 es de alguna manera un parteaguas en tu vida como poeta y periodista: es el año en que publicas el poemario emblemático en tu carrera lírica “La vasta lejanía” y el conjunto de crónicas, entrevistas y artículos literarios “Más se perdió en la guerra”. A la vuelta del tiempo, parecería que en ese momento, inconscientemente, pones en pausa la poesía y la escritura creativa y te decantas por el oficio periodístico (pues a partir de entonces no publicas ya poemarios y sólo das a conocer los libros de periodismo cultural “Un paseo por el Paraíso” (2006), “Seis caminos” (2012) y “Ellas están de paso” (2013); y el conjunto de ensayos críticos “Teje sus voces la memoria” (2011), que se unen genéricamente a “Palabra de la frontera” (1995). ¿Puedes hacer una reflexión al respecto?

Después de haber publicado “La vasta lejanía”, en Mantis Editores (Guadalajara), decidí que escribiría mis poemas sin presiones de tiempo, en la medida en que nacieran con espontaneidad y, a la vez, fui organizando textos periodísticos, con valores estéticos e históricos, que podían conformar libros y así aparecieron esas obras que mencionas. Hice un repaso de lo que publiqué en revistas y periódicos, elegí lo mejor que pude y se comparte ya con los lectores. Casi sin darme cuenta, he dejado que la poesía repose como el vino, veremos si gusta o no cuando vea la luz como han gustado ya mis creaciones periodísticas.

Encontrando cierto paralelismo, me da la impresión de que en este momento de tu carrera, en 2019, retomas con más fuerza la vocación poética (¿y quizá la narrativa?) y dejas el periodismo cultural en segundo plano. ¿Es acertada esta apreciación?

Sí, es acertada. He decidido volcarme exclusivamente en la escritura de ficción y tratar de darle salida a diferentes libros inéditos de poesía y narrativa. Todo eso sin apuro. No quiero tener una obra vasta, pero sí lo más rigurosa posible en términos estéticos. Hay ideas, argumentos, remembranzas, fabulaciones y críticas que resuenan en mi interior y pueden hallar su cauce en esas formas genéricas. Eso haré, digo ahora. Deseo expresar todas esas emociones en sus diferentes registros, en sus entramados simbólicos y testimoniales. Requiere trabajo, requiere leer y sesiones de escritura, depuración y artesanía verbal.

¿Salir de Chetumal y afincarte en Cancún es otra forma del autoexilio? ¿De qué huyes de la ciudad en donde nació tu hijo, donde te proyectaste como periodista cultural, promotor y editor? ¿Qué dejas allá?

No huyo de Chetumal ni buscó una alternativa de exilio, prefiero considerarme un viajero enamorado que desea cambiar de aire. Cumplí un ciclo allí, donde queda parte de mi historia y donde nació mi hijo Alejandro. No emigré tan lejos. Cancún pertenece a la misma entidad caribeña. En Chetumal, he escrito casi toda mi obra y estuve involucrado en proyectos que me dieron satisfacción como el programa radiofónico “Una puerta al mar”, la revista “Río Hondo” y el Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén. Dejo amigos, paisajes, días luminosos y oscuros, recuerdos y pedazos de humanidad que nunca olvidaré.

¿Qué poética del habitar buscas en una ciudad como Cancún, tan caótica, multicultural y frívola?

Aquí, puede transcurrir, al mismo tiempo, un concurso de belleza en la zona hotelera, una matanza entre narcotraficantes en alguna colonia, un concierto de música clásica en la Casa de la Cultura de Cancún, una huelga de taxistas frente al ayuntamiento o la fundación de una secta religiosa. En esta ciudad turística de más un millón de habitantes, donde vive gente de todo el mundo, hay muchas realidades posibles, que son idóneas para la narrativa del realismo sucio y para la poesía que dialoga con diferentes voces a la vez. Me gusta este ámbito pluricultural cuando se aspira a una creación que pueda universalizarse.

Al releer tus tres poemarios publicados hasta la fecha, nos sentimos inclinados a concluir que “La vasta lejanía”, del año 2000, marca sin duda un antes y después en tu poética. Aunque es el poemario que publicas desde Quintana Roo, tras tu salida de Cuba en 1992, en él alcanzas lo más depurado de tu estética intimista y nostálgica. Es un poemario que mira al pasado y cierra un ciclo. ¿Estás de acuerdo con esta afirmación?

Creo que en ese libro alcanzo cierta madurez expresiva, cierra un ciclo de crecimiento y apropiación del oficio, de más autoexigencia para escribir y de asimilaciones de lecturas, pero no cierra en lo temático. La nostalgia va siempre conmigo y con ella temas que tampoco me abandonan como el amor, la muerte, familia, la infancia y la historia. Quizá ahora haya sumado algunas variantes estilísticas, exploraciones con el lenguaje que inciden en el idiolecto y nuevas temáticas, pero mantengo ese fondo emocional y una mirada de la que quiero desprenderme, que no funciona ya para mi expresión, que necesita más luz.

¿Qué tan difícil resultó para los poetas de tu generación (la nacida entre 1958 y 1972), distanciarse de la poesía panfletaria, de la estética desencantada o exultante prevaleciente en la Cuba revolucionaria, producto de la filiación política común?

Frente al coloquialismo mal asimilado –que si bien volvía más diáfano el diálogo con los lectores también propiciaba facilismo en la hechura de textos, donde se vertieron panfletos ideológicos intrascendentes–, mi generación en los años ochenta hizo un rescate de las poéticas del grupo Orígenes, leyó autores de relieve universal y escribió una poesía más rica en términos tropológicos, con mucho peso intimista y un enfoque crítico de la realidad histórica, que al principio no fue entendida, que a veces fue vetada, pero que al final se impuso en la contienda y abrió una ruta expresiva para las nuevas generaciones.

Has sido testigo del quehacer poético de Quintana Roo. Las grandes figuras que marcan nuestra literatura —Juan Domingo Argüelles y Luis Miguel Aguilar (fuera del terruño) y Javier España, Antonio Leal y Ramón Iván Suárez Caamal (éste campechano-quintanarroense)— han dejado una vara alta para las nuevas generaciones. Como testigo del surgimiento de estas nuevas voces, ¿quiénes crees tú que son los continuadores reales y consistentes de esta tradición y qué los hace diferentes?

No estoy seguro, porque para ello tendría que conocer a fondo y en toda su variedad lo que hoy escriben los poetas más jóvenes del estado. Tampoco pienso que estos autores que nombras conformen una tradición. Algunos de sus poemarios son relevantes, pero cada autor maneja su estilo de manera tan singularizada que lo único que los une es su pertenencia a Quintana Roo y no una estética común. Muchos de sus poemas son referentes válidos en pos de la calidad artística, los cuales han sido reconocidos con premios, ensayos y reseñas. El reto de los jóvenes es lograr ese nivel o superarlo con mejores versos.

¿Qué opinión te merece específicamente la nueva corriente de poetas noveles que hacen poesía en Cancún? ¿Qué virtudes les encuentras? ¿Qué áreas de oportunidad deberían cuidar según tu mirada crítica?

Les encuentro a estos poetas dos virtudes: apasionamiento y desafío, pero también creo que, en algunos casos, deben pulir más sus textos y no conformarse con el aplauso local, que es auténtico y estimula, pero no otorga siempre garantías de rigor. Admiro también la hermandad que entre ellos existe como gremio. Ya son reconocidos como una nueva generación, ahora les corresponde leer más, escribir más, equivocarse y acertar en sus experimentaciones con los ojos en la literatura del orbe, sin visiones provincianas, y elevar a la misma altura emoción, inteligencia y lenguaje. Ahora les toca sorprendernos.

¿A qué poeta regresas continuamente y por qué?

A Eliseo Diego, porque, aunque sea de otra generación, la de Orígenes, me siento muy identificado con su modo de sentir y de transfigurar esos sentimientos en escritura. No dejan de asombrarme la cadencia de sus versos, las metáforas sutiles que tejen sus poemarios, su devoción por la memoria y la fantasía, su apego familiar y patriótico, en el mejor sentido de estos conceptos. En cada lectura que hago, descubro otras resonancias como si tratase de nuevos autores, tales son su polisemia y su encanto lo mismo en la tendencia versolibrista que en estrofas rimadas o el poema en prosa. Es un maestro sublime.

¿Qué poeta estás leyendo en este momento?

A la escritora polaca Wisława Szymborska, de quien antes sólo había leído un par de poemas cuando obtuvo el Premio Nobel de Literatura. Me atrae esa manera suya de lograr con un lenguaje sencillo la construcción de alegorías esenciales para entender al ser humano y a la sociedad contemporánea. Aunque su visión sobre esa sociedad sea amarga, hay un soterrado canto a la vida, desde códigos irónicos y humorísticos, pero siempre estremecedores. Poco retórica, poco intelectual en su discurso, descubro aquí cómo aborda lo trascendente desde lo cotidiano, en versos de apariencia coloquialista llenos de ritmo.

En su poema “¿Pueden los poetas cambiar el mundo?”, el poeta alemán Gottfried Benn se hace veinte preguntas. Dos de ellas son éstas: “¿Tiene que ser bueno en la cama / un poema de amor?” y “¿Qué poemas de amor / son mejores: / los precoitales o los poscoitales?” Como hombre enamorado del amor y admirador de la belleza femenina, ¿qué responderías?

Nunca he pensado mis poemas de amor desde esas perspectivas. Creo que cada texto amoroso vale por su calidad literaria más que por la vivencia que pueda motivarlo o el ángulo que en él se aborde. Son testimonios del enamoramiento y los ritos sexuales, de la conexión emocional y el cariño sublime, incluso del entorno paisajístico romántico donde se contextualizan y de la soledad cuando las relaciones mueren. En ese rumbo, en un buen poema de amor se eterniza con palabras ese encuentro en la cama, el antes y el después del sexo como cúspide, sin jerarquizar determinado instante, pues todo en él es una plenitud.

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