Para nadie es un secreto que Benito Juárez es el municipio quintanarroense más atractivo para todos los partidos políticos que compiten por el poder local. Con una población de más de 800 mil habitantes; con una economía concentrada en el pujante sector servicios; sede del centro turístico cuya marca “Cancún” es tan importante como la de “México”; y cuyo historial electoral muestra un comportamiento volátil, a pesar de su elevado promedio de abstencionismo que raya en el 70 por ciento, este municipio es catalogado por el argot periodístico como “la joya de la corona”.
Quien gana la elección municipal de Benito Juárez, se convierte en una suerte de vicegobernador del estado y en un potencial especulador de riquezas y poder; dueño de almas y vidas; lo mismo que en catalizador o equilibrador de la corrupción en una ciudad-balneario, donde quien manda no es la sociedad sino el dinero. Algo como lo que hoy tristemente refleja Río de Janeiro en Brasil; o el Nueva York o el Miami de los frívolos años veinte; o el viejo oeste norteamericano, cuando los cuáqueros buscaban oro con ansiedad, hace ya doscientos años.
En Benito Juárez, poco importa si hay o no democracia, o si los partidos están prometiendo cambio, alternancia o mejor gobierno. Lo que importa es que en el municipio haya trabajo –aunque pauperizado- y… dinero. Por eso, los perfiles de los candidatos más exitosos se asocian con los caudillos: hombres o mujeres fuertes, con dinero, con organización política –la llamada “estructura”-, con prestigio (malo o bueno, eso no importa), “empresarios exitosos”, “demagogos”, etc.
Así llegaron a ser presidentes municipales de Cancún, Mario Villanueva (1990-1991); Carlos Cardín (1993-1995); Magaly Achach (1999-2002); Ignacio El Chacho García Zalvidea (2002-2005); Francisco Alor Quezada (2005-2008); Gregorio Sánchez (2008-2010), entre otras celebridades del jet-set político local. Por supuesto, omitimos de esta pasarela a Paul Carrillo, cuyo perfil de merolico de feria no alcanzaría para cubrir los requisitos ni de Rey Feo de Carnaval.
Aunque en las últimas seis elecciones, los excesos de marketing han hecho parecer que la sociedad cancunense y sus comunidades suburbanas se interesan por la política, por los candidatos y por sus partidos, lo cierto es que el día de la elección, sea local o federal, solo vota un tercio de la población, si acaso.
Estas características ponen principal interés sobre este escenario, pues los pocos votos disponibles elevan su costo y su complejidad de “manejo”. Quizás por eso también fue este el primer municipio gobernado con colores diferentes a los del partido oficialista, cuando El chacho, entonces diputado federal panista, perdió en la elección interna de este partido y saltó al Verde, desde donde madrugó a Víctor Viveros Salazar, actual oficial mayor de fin de sexenio.
Con 20 mil 568 mil votos de un padrón de 231 mil 364 ciudadanos, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) validó la polémica victoria de García Zalvidea. Apenas a unas decenas o centenas de diferencia con sus más cercanos rivales. Para los más conspicuos analistas políticos, la elección había sido una suerte de empate técnico en una terna en la que el partido, hasta entonces hegemónico (el PRI), quiso imponerse sin éxito. Este fracaso ocurrió, dicen los que lo recuerdan, porque los estrategas tricolores, entre los que se encontraba el actual candidato moreno José Luis Pech Várguez, porque “inflaron” demasiado “la oposición domada”. Se impuso entonces el carismático, pero incómodo Chacho.
A 14 años de ese extraño empate “técnico”, el mismo escenario de competencia parece querer repetir, ahora con un candidato verde-verde-verde de la alianza oficialista “Somos Quintana Roo”, Remberto Estrada; un candidato formado y reciclado en las filas del PRD, Julián Ricalde, que representa a la alianza opositora “Una nueva esperanza”; y un candidato exconvicto, Gregorio “Greg” Sánchez, que representa a un partido de fuerte identificación con grupos ultra-conservadores y gelatinosos en su militancia, el Partido Encuentro Social (el ya famosísimo PES).
Los tres representan intereses fácticos que, difícilmente, podrían ser compatibles con un concepto moderno de democracia y ciudadanía. Sin embargo, cumplen a carta cabal, aunque con sobrados matices, con el requisito de caudillos con dinero, con prestigio (bueno o malo, eso es lo que menos importa), además de que son tres excelentes demagogos en campaña permanente. O sea, el escenario 2002, que parecía una simple anécdota caribeña, se presenta nuevamente en el Cancún peñanietista.
El primer candidato (Remberto Estrada) es la apuesta más prometedora de un factor televisivo y farmacéutico, el senador Jorge González Martínez, quien lo usaría para comenzar a posicionar su candidatura a gobernador, en 2022; el segundo (Julián Ricalde) es una apuesta de viejas familias fundadoras del estado, que han visto mermada su capacidad de influencia en la política estatal, desde la aparición de una clase empresarial en Cancún, y; el tercero (Greg Sánchez), es una apuesta de los grupos más conservadores de la ciudad-balneario, que incluye a religiosos evangelistas y legionarios cristeros.
Como se ve, ninguno de esos candidatos en contienda –o en discordia- es nada nuevo en Cancún, solo que cada uno de ellos representa a un grupo de patrones que no son compatibles entre ellos mismos, salvo cuando hay dinero que repartir.
Lo más significativo, eso sí, es que los tres grupos se escudan en logotipos partidistas, pero, a ninguno le interesa la política realmente y menos el gobierno municipal, “el más cercano a la gente”, según dice el argot de los políticos acartonados. De ellos volveremos a hablar en las semanas siguientes, sobre todo, de Greg Sánchez, que parece ser el elegido de los dioses y el hombre de los consensos, entre los capitanes del dinero y los históricos (¿e histéricos?) dueños del poder local, para volver a gobernar Benito Juárez, en 2016-2019.


















