José María Morelos, Quintana Roo.– Con la voz entrecortada y las lágrimas marcando su rostro, doña María Andrea Ek Canché clama por noticias de su hijo Marcos Antonio Vázquez Ek, desaparecido hace ya un mes sin dejar rastro. Desde entonces, su vida se ha convertido en una espera dolorosa, entre la fe y la desesperación.
“Yo no sé qué pasó con él… solo quiero saber si está bien”, dice la mujer, apenas sosteniendo la mirada. Relata que su hijo salió con una conocida, con quien mantenía frecuentes discusiones, y desde esa noche no ha vuelto a saber nada.
Su hogar, antes lleno de risas, se ha convertido en un espacio de silencio. El más pequeño de sus hijos dejó de asistir a la escuela, afectado por la ausencia del hermano mayor. “Mi corazón no aguanta… quiero que venga”, repite una y otra vez, con la esperanza de que su mensaje llegue a los oídos de quien tanto extraña.
Doña María describe los días como interminables. Entre el dolor de cabeza y el insomnio, dice sentirse al borde del colapso emocional. “Nunca me había pasado algo así. Tengo miedo”, confiesa.
A pesar de la incertidumbre, mantiene viva la esperanza de reencontrarse con su hijo. “Si él me está escuchando, que sepa que lo quiero mucho, que venga… su hermano lo necesita”, dice, alzando la mirada al cielo.
La historia de doña María no es única, pero su voz refleja el drama silencioso de muchas familias que viven la pesadilla de una desaparición. En José María Morelos, como en buena parte del país, el dolor de una madre sigue siendo el eco más fuerte en la búsqueda de justicia y verdad.






















