JMM.-“El agua de pozo siempre fue la mejor”, asegura con nostalgia don Lucio Caamal, un septuagenario de esta comunidad, quien recuerda con cariño los días en que el agua pura de los pozos era la fuente de vida de los habitantes. Según él, durante su infancia, no existían enfermedades graves relacionadas con el consumo de agua, pues la pureza del líquido directamente extraído de los ríos subterráneos garantizaba salud y vitalidad.
“Antes solo tomábamos agua de los pozos, y nunca nos enfermamos,” relata mientras señala los lugares donde antiguamente la comunidad sacaba agua. A pocos metros, yace uno de los antiguos pozos, ahora cubierto por una gruesa capa de cemento para prevenir accidentes, pero aún lleno de agua cristalina procedente de los ríos subterráneos, a menos de diez metros de profundidad.
Don Lucio recuerda cómo, en aquellos tiempos, los pozos eran el alma de San Diego. “Ahí cocíamos frijol, hacíamos dulces y todo lo necesario. El agua era deliciosa y nunca nos preocupaba que estuviera contaminada con químicos,” explica. En sus palabras, se entremezclan la añoranza y la crítica a los hábitos actuales, donde refrescos, fritangas y productos industrializados han sustituido las tradiciones saludables.
El cambio llegó con el progreso y la construcción de sistemas de agua potable más modernos. “Ya nadie necesitaba ir al pozo,” lamenta. Pero para don Lucio, la calidad del agua nunca fue igual. “El agua de los pozos no estaba contaminada, no tenía nada que le quitara sus nutrientes. Era mejor para la salud,” comenta con firmeza.
Hoy, en San Diego, los pozos han quedado como testigos silenciosos de una época en la que la conexión con la naturaleza dictaba el ritmo de vida. “Si pudiéramos volver a usar esa agua, tal vez viviríamos mejor,” reflexiona don Lucio, mientras mira hacia el horizonte, donde los recuerdos de su niñez parecen entrelazarse con los murmullos de los ríos subterráneos.
Aunque ahora cubiertos y en desuso, los pozos de San Diego no solo guardan agua, sino también historias y enseñanzas sobre cómo vivir en armonía con lo que la naturaleza ofrece. Y es que, según don Lucio, “el agua del pozo siempre será un regalo que no debemos olvidar.”






















