En el mundo del periodismo, las «vacas sagradas» han representado durante años una élite intocable, amparada por su habilidad de influir en la opinión pública y, en muchos casos, por la facilidad para hacerse de jugosos convenios económicos con el poder público.
Pero esta era de privilegios está llegando a su fin en Quintana Roo. Y es que las elecciones de este 2024 dejaron expuesta una verdad incómoda: muchos de estos periodistas, que se presentaban como voces imparciales y críticas, finalmente mostraron su verdadera naturaleza al aliarse con políticos a cambio de mantener sus privilegios.
Es el caso de Lili Campos Miranda, quien cayó en el espejismo mediático de estas figuras, con quienes pactó jugosos convenios en el Ayuntamiento de Solidaridad, una vez que ganara la reelección.
Sin embargo, los resultados electorales fueron devastadores. La 4T se impuso con una ventaja arrolladora, demostrando que la influencia de estos periodistas que se vendieron como la panacea ya no es lo que solía ser.
Sus publicaciones y estrategias, antaño poderosas, ahora son ignoradas totalmente por una audiencia que busca transparencia, compromiso con la verdad y una auténtica preocupación social.
Ante la evidencia de su fracaso, estas figuras mediáticas, que alguna vez se creyeron invulnerables, ahora intentan enmendar su error.
Sin los jugosos convenios prometidos, vuelven con la cola entre las patas, tratando de recuperar una relevancia que se desvanece rápidamente.
El mensaje es claro: el periodismo debe reinventarse, alejarse de la corrupción y acercarse al pueblo, o enfrentarse a la extinción.






















