Gabriel Aarón Macías Zapata
A escasos días de asumir la presidencia y sin observar los cauces legales, sorpresivamente Felipe Calderón anunció la declaración de la guerra al narcotráfico de manera unilateral, casi personal. Esta iniciativa tuvo lugar en un momento de creciente descontento social, cuando la izquierda aseguraba que el PAN obtuvo la presidencia mediante un fraude electoral, al grado de acusar al ungido como un usurpador. Con el objetivo de calmar los ánimos y de hacer frente a las embestidas opositoras, Calderón decidió sacar el ejército a las calles con la justificación de hacer la guerra a los cárteles de la droga.
No obstante, en su discurso el presidente señaló otros objetivos para la guerra que iniciaba: uno, era el incremento del consumo de las drogas, para lo cual adoptó el slogan “Que la droga no llegue a tus hijos”. Otro fue el aumento de la violencia relacionada con el narcotráfico y la sensación de inseguridad que invadía a los ciudadanos. El tercer factor llama poderosamente la atención, al referirse a la disputa del territorio por parte de los cárteles de la droga y a que sus miembros estaban penetrando en la estructura del gobierno, corrompiendo a los funcionarios encargados de la seguridad. El conjunto de estos factores indicaba que Calderón heredaba un país hecho trizas, producto del fracaso de otro gobierno panista que le antecedió, el de Vicente Fox.
Iniciada la confrontación, numerosos especialistas en seguridad reclamaron a Calderón por carecer de una estrategia que condujera el conflicto a buen término. Cercado por la presión política, el presidente se vio obligado a plantear lo que definió como una Estrategia Integral, consistente en combatir a los criminales, reconstruir las instituciones públicas cooptadas por la delincuencia y rehacer el tejido social.
Conforme aumentaba la violencia derivada de la ofensiva del ejército hacia las organizaciones de narcotraficantes, así como de la lucha entre los cárteles rivales, Calderón fue advertido por varios de sus colaboradores en materia de seguridad sobre la corrupción de Genaro García Luna, al estar metido en actividades ilícitas a favor del narcotráfico. Así lo hizo notar en 2007 el entonces subsecretario de la Defensa Nacional, general Tomás Ángeles Dauahare. En 2008 tocó su turno al ex coordinador de Seguridad Nacional de la Policía Federal Preventiva, Javier Herrera Valles. En vez de enderezar las cosas, ambos fueron retirados de sus cargos y fueron encarcelados. También, desde la tribuna del congreso, el diputado Gerardo Fernández Noroña, de frente acusó al hombre de confianza de Calderón de los mismos delitos. A pesar de las denuncias y con conocimiento de los hechos, el presidente dejó actuar a García Luna hasta el término de su sexenio.
Luego de que el super policía fue hallado culpable en Estados Unidos, por aceptar sobornos de cárteles del narcotráfico, vale la pena reflexionar sobre la gravedad de la actuación del funcionario y sus efectos sobre la estructura de las institucionales nacionales.
Comenzamos por señalar que los actos de García Luna echaron al cesto de la basura tanto los objetivos como la estrategia de la guerra de Calderón. En vez de disminuir los focos de violencia y de combatir a los criminales, al recibir los sobornos la lucha se dirigió hacia las organizaciones rivales. De acuerdo con el testimonio del general Dauahare, tal parece que los objetivos y la estrategia dadas a conocer al público no eran más que una pantalla para obtener el respaldo ciudadano hacia la guerra calderonista. En realidad, el plan consistía en aliarse con el cártel más poderoso, el de Sinaloa, para juntos acabar con los demás cárteles.
En aquél entonces los Beltrán Leyva eran aliados del cártel de Sinaloa y, según el periodista Ricardo Ravelo, García Luna sería una pieza fundamental para la ruptura. En el juicio de “El Chapo”, Jesús “El Rey” Zambada acusó a García Luna de haber recibido 50 millones de dólares en sobornos de parte de los Beltrán Leyva, cuando éstos aún tenían lazos con el cártel de Sinaloa. Empero, el funcionario no cumplió con los compromisos, motivo por el que fue secuestrado por sicarios y llevado frente a Arturo Beltrán Leyva, “El Barbas”, líder máximo del cártel. En su presencia, y como una manera de presionarlo para que cumpliera con lo pactado, el narcotraficante dijo a Genaro: “ya ves qué fácil es llegar a ti”. Una vez que García Luna fue liberado, comenzaría una sucesión de hechos que favorecieron al cártel de Sinaloa.
En enero de 2008, Alfredo Beltrán Leyva “El Mochomo”, fue detenido por el ejército y elementos de la AFI, entonces bajo el mando de García Luna. La aprehensión causó sorpresa a su organización delictiva, puesto que habían pagado, para obtener protección, decenas de millones de dólares a altos funcionarios. Sin embargo, después se supo que “El Chapo”, miembro del cártel de Sinaloa, había traicionado a sus aliados, dando información a García Luna para detener a “El Mochomo”. En vez de aminorar la violencia como lo había propuesto Felipe Calderón al declarar la guerra, la ruptura entre ambos cárteles desató una oleada de enfrentamientos y detenciones que debilitaron a la agrupación de los hermanos.
A mediados de diciembre de 2009, Arturo Beltrán Leyva, autor del secuestro de García Luna, fue abatido en Cuernavaca y exhibido con billetes regados encima del cuerpo inerte. A finales de ese mismo mes fue detenido Carlos Beltrán Leyva y en octubre de 2014 tocó su turno a su hermano Héctor, “El H”. Con estos hechos quedaba consumada la traición de García Luna y de “El Chapo” en sus respectivas alianzas con el cártel de los Beltrán Leyva, de la cual y tras estos sucesos se desprendieron siete células criminales. Obviamente, la hegemonía alcanzada por el cártel de Sinaloa fue posible por la intervención de García Luna, mediante la entrega de cuantiosos sobornos.
Como resultado de la guerra calderonista, en vez de acabar con los grupos de narcotraficantes, estos se incrementaron paralelamente a la violencia desatada por la lucha territorial y el narcomenudeo. Al iniciar el conflicto, en 2006, había seis cárteles plenamente identificados. Al final del sexenio, en 2012, ya había dieciséis organizaciones. El problema para los sucesivos gobiernos fue que la fragmentación en grupos pequeños (efecto cucaracha) presenta mayor dificultad para su combate, pues son menos perceptibles.
En cuanto a evitar el consumo, aparte de lo que puedan decir las cifras, la adicción se ha visto incrementada al grado que se ha propuesto la autorización del consumo con fines lúdicos e incluso médicos, como es el caso de la marihuana. Además, así como actuó García Luna, lo que en realidad buscaba no era evitar la distribución de las drogas, sino entregar el monopolio a favor del cártel de Sinaloa a cambio de los sobornos. Aunque la mayor parte de las drogas se dirige hacia mercado estadounidense por ser más rentable, el problema de la comercialización se ha vuelto un generador de violencia en los destinos turísticos nacionales, al igual que en los territorios por donde se trazan las rutas para llevar el producto hasta el país del norte.
Quizá lo más grave del asunto, fue que el gobierno de Calderón permitió la cooptación del Estado mediante el soborno, lo que implica que los miembros del crimen organizado hicieran uso de las institucionales nacionales para cometer actos criminales, obtener protección y asegurar la obtención de ingresos ilícitos. Estos acuerdos llegan a tal límite, que una parte del aparato policial del Estado es empleado por el crimen organizado no solo para obtener protección de otros grupos rivales, sino además como una especie de brazo armado para acabar con los contrincantes. Asimismo, la obtención de recursos ilícitos se hace sustancial para la reproducción de esta alianza, pues de ahí se obtiene el recurso para los sobornos de los funcionarios y para la reproducción económica de la organización criminal.
En conjunto, parece que hasta los mismos funcionarios pasan a formar parte del grupo delictivo, utilizados para cierto tipo de funciones y operaciones ilegales. Bajo este esquema, la red delictiva conformada por funcionarios calderonistas y el crimen organizado influyeron para la reconfiguración del Estado, convirtiéndolo en una herramienta para delinquir. En vez de reconstruir las instituciones públicas como se lo propuso Calderón al justificar su declaración de guerra, el crimen organizado logró consolidar la cooptación del Estado.
En vista de esta íntima colaboración, la verdadera estrategia calderonista se puede resumir en la siguiente frase: abrazos para el cártel amigo, balazos para los contrincantes.






















