Durante meses, Gino Segura actuó como si la candidatura al gobierno del estado ya le perteneciera. En cada aparición, en cada mensaje, en cada movimiento político, se le percibía con la seguridad de quien cree que el proceso es un trámite.
Tenía motivos para pensar así: el respaldo y relaciones directas con figuras clave del poder, una presencia constante en medios y una estructura territorial que ha trabajado para él desde hace tiempo.
Pero el escenario cambia. La irrupción de Rafael Marín —con todo lo que representa simbólicamente dentro del obradorismo— rompe la inercia.
El Director de Aduanas fue reconocido en el Senado de la República, en un acto donde el gran ausente fue precisamente Gino Segura. Pero sí estuvo su compañera de formula, Anahí González.
El camino que parecía pavimentado para Gino, ahora tiene baches. Ya no depende solo de sus alianzas ni de la fuerza del aparato.
No es solo la competencia, es la necesidad de justificar por qué él debe ser el elegido, más allá de la costumbre o la cercanía con los núcleos del poder.
Ahora tiene que mostrar liderazgo real, visión de futuro y capacidad de sumar a quienes no están convencidos. Hasta ahora, no ha tenido que hacerlo.
El problema de sentirse demasiado seguro es que uno deja de construir. Y cuando aparece alguien que sí está dispuesto a hacerlo desde abajo, el riesgo de quedarse atrás se vuelve real.






















