El conflicto entre creador y creación ha sido uno de los núcleos fundacionales de los grandes mitos de la humanidad. Desde las cosmogonías religiosas hasta las narrativas contemporáneas de la literatura, el cómic, el manga y el cine, esta tensión ha servido para explorar las preguntas más incómodas sobre el poder, la responsabilidad y la soledad.
Con Frankenstein, Guillermo del Toro ofrece su propia y profundamente personal versión de la obra inmortal de Mary Shelley, una reinterpretación que no sólo dialoga con el texto original, sino que lo reconfigura desde una mirada contemporánea y profundamente humana.
La apuesta parece rendir frutos desde ahora: la película ya acumula cinco nominaciones a los Globos de Oro, entre ellas Mejor Película y Mejor Director, colocándola tempranamente como una de las cartas más fuertes rumbo a la próxima Noche de los Óscares.
Del mito ancestral al drama moderno
En las mitologías religiosas clásicas, la criatura suele rebelarse contra su creador. En cambio, en los mitos modernos —y Del Toro lo entiende con precisión quirúrgica— es el creador quien abandona y rechaza a su obra, no tanto por miedo, sino por egoísmo, incapacidad moral y negación de la responsabilidad.
Ese abandono condena a la criatura a una soledad absoluta, transformándola en antagonista no por naturaleza, sino por consecuencia. El monstruo no nace monstruo: se hace.
Este conflicto atraviesa siglos de narrativa, desde el Popol Vuh hasta las historias actuales sobre inteligencia artificial, androides y robots conscientes. Del Toro toma ese legado y lo transforma en una meditación cinematográfica sobre la paternidad fallida, el miedo al otro y la crueldad disfrazada de progreso.
El verdadero monstruo
Lejos de centrarse únicamente en la deformidad física, el cineasta mexicano vuelve a uno de sus temas más recurrentes: el monstruo real es el egoísmo humano. Como ya lo había explorado en El callejón de las almas perdidas, aquí el horror no proviene del cuerpo, sino de la incapacidad de amar, cuidar y asumir consecuencias.
Del Toro no filma terror; filma compasión. Y en ese gesto convierte a Frankenstein en una tragedia moral, más cercana a Shakespeare que al cine de sustos.
Una obra madura y ambiciosa
Con 150 minutos de metraje, Frankenstein se despliega con paciencia y ambición, permitiendo que los silencios, las miradas y los espacios tengan tanto peso como el diálogo. Es una película que confía en la inteligencia del espectador, algo cada vez más raro en el cine de plataformas.
La cinta ya puede verse en Netflix, donde se perfila no sólo como uno de los estrenos más importantes del año, sino como la culminación de décadas de obsesión creativa de Del Toro con los monstruos… y con la humanidad que los crea.
Rumbo al podio
Si los premios suelen reconocer trayectorias más que obras aisladas, Frankenstein podría convertirse en el vehículo definitivo para que Guillermo del Toro vuelva a subir al escenario más importante del cine mundial.
No sería un premio al horror, sino a la empatía.
No al monstruo, sino a la mirada que lo comprende.
Y eso, en tiempos como los actuales, es quizá el acto más revolucionario de todos.






















