Ciudad del Vaticano. — La muerte del Papa Francisco no sólo marca el final de un pontificado, sino el cierre de una era en la historia de la Iglesia católica. A los 88 años, Jorge Mario Bergoglio deja atrás más que un cargo: deja un testimonio.
Fue el primer Papa que vino “del fin del mundo”, como él mismo dijo la noche en que fue elegido. Argentino, hijo de inmigrantes italianos, jesuita por vocación, su vida estuvo marcada por la sencillez. Prefería los zapatos negros gastados a los mocasines rojos del protocolo. Rechazó el lujoso apartamento papal para vivir en una residencia más modesta. Tomó el autobús siendo arzobispo y continuó viajando ligero como Papa. Su estilo fue su mensaje.
Durante más de una década, Francisco sacudió los cimientos de una Iglesia que parecía inmóvil. Pidió perdón por los abusos sexuales cometidos por miembros del clero. Convocó sínodos para escuchar la voz de las mujeres, de los pueblos indígenas, de los marginados. Habló de ecología integral cuando pocos líderes lo hacían. Denunció la “globalización de la indiferencia”. No temió al conflicto ni al debate, aunque eso le atrajera críticas desde dentro.
Para muchos fue una figura incómoda, pero necesaria. Para otros, un reformador valiente. Para millones, un guía espiritual que hablaba claro, con acento porteño y corazón universal.
Su pontificado no fue perfecto, pero fue profundamente humano. Francisco no buscó agradar, buscó servir. No huyo del dolor, lo abrazó. No alzó muros, tendió puentes.
Hoy, la Basílica de San Pedro acoge a los suyos con las puertas abiertas. No solo a los cardenales que pronto elegirán a su sucesor, sino a los migrantes, a las madres solteras, a los indígenas amazónicos, a los jóvenes que soñaron con una Iglesia viva, más cercana y menos autoritaria. A todos los que sintieron que, con Francisco, la Iglesia volvía a hablarles en su idioma.
Ha muerto un Papa. Queda viva su voz.






















