Por Gabriel Aarón Macías Zapata
El pasado 15 de julio se cumplieron 110 años de la renuncia de Victoriano Huerta a la presidencia de la república, cargo que asumió luego del cuartelazo que terminó con el derrocamiento y asesinato del presidente Francisco I Madero y José María Pino Suárez. En su corto período de gobierno, de apenas 17 meses, el usurpador dejó una oleada de terror reflejado en el asesinato de políticos, periodistas y gente común que se oponía al régimen huertista.
Este aniversario nos llamó la atención por tratarse de un personaje que tuvo que ver con la historia del Territorio Federal de Quintana Roo. Durante el régimen de Porfirio Díaz combatió con crueldad y eficacia a los Yaquis en el norte del país, motivo por el que fue enviado a Yucatán para luchar contra los mayas de Chan Santa Cruz.
La guerra en la selva se realizó ante situaciones adversas para la tropa federal al enfrentar un clima húmedo y cálido, propicio para el desarrollo de enfermedades tropicales desconocidas para los miembros del ejército, la mayoría originarios de otras regiones del país. A ello se sumaba el desabasto de víveres, falta de médicos y medicamentos, agua potable, entre otros requerimientos indispensables.
Tan difícil era la situación que el general porfirista Bernardo Reyes, con el objetivo de disminuir los padecimientos de la tropa, envió al campo de batalla hojas de coca adquiridas en el Perú. En una nota explicaba que este producto tenía el efecto de excitar el sistema nervioso, al grado que el consumidor podría aguantar hasta una noche sin dormir, además de mitigar el hambre. Para tal efecto, el general envío al teatro de operaciones 50 kilos de hoja de coca, de los cuales 12 fueron entregados a la tropa de Huerta y 24 a otro oficial de apellido Flores. Con el apoyo de este estimulante el ejército federal al menos pudo burlar algunos de los escollos que obstaculizaban sus operaciones, hasta que en 1901 lograron la derrota de los mayas.
Una vez que Huerta abandonó Quintana Roo, aunque jamás volvió a pisar la selva, la influencia del general se hizo sentir de manera notable mientras ocupó la presidencia. Resulta que a mediados de 1912 cuando Madero aún era presidente, el Departamento de Bosques envío una comisión con el objetivo de conocer el estado que guardaba la riqueza forestal en el Territorio. El grupo estaba liderado por el “apóstol del árbol”, Miguel Ángel de Quevedo, personaje que había alcanzado un gran reconocimiento por su perseverancia en la conservación de los bosques. Le acompañaban otros expertos en la materia como Agustín Tornel Olvera y el francés Lucien Gainet.
Al rendir sus meticulosos informes, los expedicionarios llegaron a la conclusión sobre las causas de la destrucción del recurso forestal como eran una desordenada explotación que privilegiaba la obtención de la mayor ganancia sin importar la devastación y la regeneración del bosque, así como los incendios y la tala inmoderada destinada a otros usos como la leña y materiales de construcción, entre otros.
Otro aspecto que llamó la atención fue que las concesiones forestales, otorgadas por el gobierno porfirista eran demasiado extensas, al abarcar superficies desde 272 mil hectáreas la mayor, hasta 78 mil la menor. Por tal motivo y para asegurar la conservación del bosque, Miguel Ángel de Quevedo logró la creación de una reserva forestal. Además, con el objetivo de impulsar la colonización, propuso al presidente Madero la reducción de la extensión de las concesiones forestales. Esta era la primera vez que, bajo un método ordenado de explotación forestal, en Quintana Roo se imponía una política dirigida a la conservación del bosque al mismo tiempo que contemplaba beneficios sociales para las familias quintanarroenses.
Todo iba viento en popa hasta que el cuartelazo y la llegada de Huerta a la presidencia frustraron los planes forestales de Quevedo. Si bien el “apóstol del árbol” se mantuvo como funcionario del Departamento de Bosques, el usurpador dio un giro a la política forestal y decidió continuar otorgando grandes concesiones a los empresarios. Esta medida enfureció a Quevedo y optó por renunciar a su cargo. Temiendo por su vida al ser considerado como opositor a Huerta, salió del país para refugiarse en el exilio. De esta manera, la huella del usurpador se dejó sentir hasta las entrañas de los bosques del Territorio, abandonándolos a merced de los taladores y la avaricia de los grandes concesionarios.






















