En México, los Doctorados Honoris Causa deberían ser sinónimo de trayectoria excepcional, impacto comprobado y reconocimiento incuestionable. Pero en la realidad, cada vez más se parecen a otra cosa: herramientas de posicionamiento político disfrazadas de mérito académico.
El caso reciente del presidente municipal de José María Morelos, Erik Borges Yam, es un ejemplo que ilustra con precisión este fenómeno en México.
Mientras en su municipio persisten cuestionamientos, reclamos de las comunidades mayas y señalamientos que siguen sin disiparse del todo, en la Ciudad de México lo reciben con una investidura que lo presenta como referente de liderazgo y servicio social. El contraste no es menor. Es, de hecho, el centro del debate.
Porque aquí no sólo importa quién recibe el reconocimiento, sino quién lo entrega.
El Doctorado otorgado a Borges Yam proviene de un bloque de asociaciones y organismos que, si bien pueden operar legalmente, no cuentan con el peso académico de universidades consolidadas ni con procesos transparentes de evaluación pública. Eso no invalida el reconocimiento… pero sí lo coloca en otra categoría: más política que académica.
Y ahí es donde la discusión se vuelve color de hormiga.
En un país donde este tipo de distinciones se entregan cada vez con mayor frecuencia —muchas veces en eventos masivos, sin criterios claros y en momentos políticamente sensibles—, el Honoris Causa ha comenzado a perder su esencia. Ya no es necesariamente el reconocimiento a una vida de aportaciones extraordinarias, sino, en muchos casos, una narrativa que se construye.
El mensaje hacia afuera es potente: toga, birrete, diploma… legitimidad.
Pero hacia adentro, la pregunta persiste: ¿respalda ese reconocimiento la realidad del territorio que gobierna?
En José María Morelos, esa respuesta es un rotundo no.
El Punto es. Porque cuando un reconocimiento no nace del consenso social ni de una evaluación sólida, se convierte en un elemento de contraste. No suma legitimidad: la pone a prueba.
El problema de fondo no es Erik Borges.
Es el sistema que permite que estos reconocimientos se entreguen sin el rigor necesario.
Porque cada vez que un Doctorado Honoris Causa se otorga sin claridad, sin exigencia y en medio de polémicas, se debilita el valor de todos los demás. Se desdibuja la línea entre el mérito real y el reconocimiento conveniente.
Y entonces ocurre lo inevitable:
el prestigio deja de ser algo que se gana…
y empieza a parecer algo que se concede.
En ese contexto, el caso de Erik Borges no cierra el debate.
Lo abre.
























